Siempre me ha costado soltar, o al menos eso que la gente llama, dejar ir. Quizá tiene que ver con la manera como me relaciono con las plantas, porque muchas veces me he sentido como una. Sé que cortar sus hojas puede ser útil, pero no sé cómo se hace pues muchas páginas de plantas dicen que, por verlas amarillas, la solución no es arrancarlas. Entonces, cuando se trata de cortar, prefiero dejarlas morir, a su tiempo, a su ritmo; ver cómo caen solas para después recogerlas y tirarlas a otra matera o a la caneca de la basura, pues, así como se van las hojas también se van los recuerdos.

Hoy, mientras barría, me llamó la atención una hoja que hacía tiempo esperaba que cayera, pues no se las quito a la suculenta y más bien detallo cómo van volviéndose amarillas, cómo se arrugan y aparecen pliegues en su piel; como si se tratara de un envejecimiento esperado pero que desde su lugar me grita que le deje un tiempo más, que quiere beber algo de savia y luego irse a integrar el mundo de otra manera. 

Jade plant with thick leaves in ceramic pot on wooden bench near window

Esa suculenta se parece a mi pasado, porque muchas hojas no han sido arrancadas y pareciera que, más que querer quitarlas, me gusta el martirio que hay en el vacío entre la vida y la muerte; porque no morimos de una, hay un intersticio, un espacio como la frontera entre las dos Coreas, hay un algo que me deja crear un tiempo propio, uno que va a mi ritmo y no el del reloj capitalista de Ford. Ese tiempo es diferente, me deja ver cómo se mueren las cosas, cómo se difuminan las imágenes que pretendí atesorar y que cuando las busco en fotografías me recuerdan que esas personas, esos gestos, esos colores de voz, ya no están y solo son el registro de lo que fueron. 

Recogí la hoja muerta, o quizá agonizante porque no muere cuando cae del árbol, la contemplé con dulzura, con la nobleza con la que he acariciado cada registro fotográfico que he borrado aprovechando la presión de Google fotos para liberar espacio, pero allí sigue el vestigio de lo que fue la hoja, como también de lo que fue ese deificado pasado convertido en memoria a través de lo que otros me cuentan; porque eso es la memoria, una narración social mas no individual.

Me queda despedirme de esta hoja, así como me he venido despidiendo de lo que fui.  Te veo partir, hoja de suculenta, así como se evaporan los recuerdos de lo vivido mientras se confunden con mi egoísta historia narrada para mis adentros; porque si quieren saber la verdad, no crean en mi versión. Hoja de suculenta, hoja agonizante, no olvides que somos la experiencia de lo que vivimos e interpretamos de ella. Y si tienes miedo del futuro, ensordece los sentidos para no sentir el alma.