
Escribo a quienes se quedaron, a esos que se fueron una noche a dormir y despertaron con la almohada vecina intacta, con las sábanas sin mayores arrugas y la cama mucho más fría que de costumbre. Y lo hago porque quienes se quedan tienen mucho para enseñar, entre otras cosas, que una ruptura no implica una nueva coronación, más bien es sumergirse en una guerra civil que no sabemos cuánto tiempo va a durar y quiénes son sus protagonistas secundarios dispuestos a emerger como líderes o lideresas en la acción. También, que al quedarse nos enfrentamos con el lío de reconocer al que se ha ido y entenderlo en su dimensión humana, entre otras, porque quizá había preparado su maleta, organizado el itinerario y sabía qué rutas abordar. Por eso, los que se quedan aprenden a vivir con la ausencia, con el vacío de la casa que alguna vez fue compartida.
Dado que su partida se nos presenta de manera inesperada, tenemos que sacar a contrarreloj toda una batería de oportunidades, de opciones y alternativas para lidiar con el fin de semana, para no afligirse con las fotos, para no deprimirse con las cartas que volvemos a leer y no creer que se terminaron los viajes divertidos, para aprender a vivir con los sabores compartidos, para resignificar los lugares en los que nos ennoviamos o entregamos un anillo, deleitamos el paladar, o sudamos cada esquina del cuerpo en medio de un jadeante y placentero orgasmo, para enfrentarse a los conocidos y amigos, para responder a las preguntas incómodas y para seguir viviendo, porque si de algo tenemos que morir, pues que no sea de amor.
Durante el tiempo que dura la partida, porque eso no es inmediato y el espectro del que se ha ido nos acompaña por largas temporadas que llegan a ser días, semanas e incluso meses, siempre aparecen preguntas, sentimientos, nuevas sensaciones: dolor, rabia, vergüenza, amor, comprensión, negación, desasosiego, tristeza, ausencia; son muchos sentimientos que se entretejen mientras vamos configurando la nueva realidad, mientras vamos recogiendo los pedazos que somos y organizamos la figura que mostramos al mundo. Entonces, nos preguntamos a qué horas pasó, nos cuesta aceptar que esa persona que vimos unas horas antes ya no está, se ha ido, y claro, es de esperarse que sea difícil comprender ese momento porque nunca nos preparan para el fin, para ningún fin.
Cuando se termina algo en lo que hemos depositado confianza, energía, esperanzas, sueños, fantasías, nos llegan las preguntas más difíciles de contestar: qué voy a hacer con mi tiempo, qué sigue, qué soy y qué puedo dar, cómo puedo organizarme en esta sociedad; por eso solemos preguntarnos por el amor, a quién volveremos a amar, quién nos dará su cuerpo y su confianza, con quién volveremos a recostarnos y a quién vamos a dedicar las letras que surgen en las mañanas o en las tardes, o en esos días inexplicablemente hermosos; por eso, quedarse es proyectar una figura, una forma que no tiene rostro pero que sabemos que encaja allí. Aún no es claro quién puede ser, pero alguien está allí.
En la pesquisa de cómo afrontar la ausencia del ser amado hay quienes se entregan a los placeres de la carne, es como si uno se quisiera poner al día con todos los polvos que no se echó, aunque siempre con la certeza de que el polvo que se fue nunca volverá; sin embargo, y en la defensa de quienes no salieron de cacería, los que se quedan se la ven con la organización del cuerpo y del corazón. Organizamos el cuerpo porque queremos que sea disfrutado por otras manos; el corazón, porque es justo que vuelva a latir intensamente y en ese proceso volvemos a las películas que ya nos vimos, a los libros que alguna vez nos inspiraron, a la poesía para encontrar respuestas o similitudes, a la música para cantar a pulmón abierto esas letras que describen lo que vivimos. Por eso, en estos casos es mejor buscar en todo para encontrar respuestas, aunque la mejor será: volver a uno mismo.
Quienes se quedan, aprenden a vivir con la novedad, a quererse como son y a entender que el amor es libre, que no podemos esperar la eternidad, que el amor se riega todos los días con acciones y palabras y que la seguridad no existe, pero sí la certeza del bien cumplido. Amar es la experiencia más hermosa de la vida; se aman cosas, gente, a la vida, a uno mismo. Amar y reír, comer y dormir, leer y escuchar música, aferrarse a las artes y a lo humano. Correr, levantar pesos, agitar el corazón, sudar, sentirse vivo. Porque el desamor es solo una parte más de la vida, es el revés del día, es la muerte de lo que fue y la puerta para encender el bombillo y volver a sentirse vivo, es la oportunidad de volver a amar y ser amado, y claro que se extraña, pero cuando eso pase, volvamos a ese diálogo de “Eat, pray and love”, cuando Steven (Billy Crudup) le dice a Elizabeth (Julia Roberts) que la extraña, entonces ella le responde: “So miss me, send me love and light everytime you think of me, then drop it. It won’t last forever. Nothing does”.
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