Para el momento en que escribo esta columna existe un consenso alrededor de la depresión, ya no se trata de estar muy triste, porque la tristeza es un estado y la depresión es una sombra; tampoco es una actitud frente a la vida, porque no se combate con supercherías de libros de autoayuda sino con medicamentos y terapia profesional; mucho menos es una moda, porque no cambia, la depresión siempre ha estado en tendencia, solo que ahora se le notan más los colores. Entonces, si no es un estado, una actitud ni una moda, solo nos queda establecer que la depresión es una enfermedad.

Ahora bien, no voy a entrar en temas médicos o psicológicos, porque no son mi especialidad ni de mi agrado. Quiero hablar de la depresión como una enfermedad, sí, pero que no nace de los individuos, sino de la soledad, la peste de la modernidad, del capitalismo de las últimas décadas, de la mezquindad, una manifestación de la ruindad de la vida. Y ya no digamos que voy a hablar de los depresivos que todo lo tienen, sino los que derivan en depresión por soledad.

Voy a hablar, pues, de los solos solísimos del mundo. No el que vive solo porque vivir solo es otra cosa. Hablo del que está solo, del que posa los dedos frente al celular y puede pasar minutos pensando en quien podría contestarle y concluye que nadie lo va a hacer. Hablo de los que si quieren un caldo cuando están enfermos se lo tienen que comprar o ir a hacer ellos mismos. Hablo de la gente que está íngrima sola. La que no tiene quien le abrace siquiera. Cada vez vemos a más personas así o más bien dejamos de ver personas, porque a los solos no les queda más que aislarse.

Factores para esa soledad pasmosa hay muchos, el trabajo, los solos que tienen que irse de su tierra. El amor, los solos que para no estar solos se van con otro solo que no les conviene, que los deja más solos de lo que estaban. Están los solos porque nacieron del pantano, no del seno familiar, que han crecido sacándose las ponzoñas y los maltratos del cuerpo por palabras malsonantes, por maltratos físicos, por acoso, los más solos de todos, los que no se alejen porque no los entienden, que no necesitan alejarse porque no tienen a nadie. Están los solos incomprendidos y los voluntariamente solos, los solitarios.

Muchos de esos solos son los deprimidos, los que la gente dice que pierden la batalla o que se dieron por vencidos. Los vueltos nada. Los que dicen luego que no se leyeron bien el libro de cosas cuánticas o atómicas o mántricas o no sonrieron a sí mismos frente al espejo lo suficiente. Yo sé que muchos son los que no tuvieron nada, los solos que no quisieron estarlo nunca más, los que entendieron que poder contar con alguien solo se quedó en una publicación de tantas en redes sociales porque ni el ángel de la guarda les hace compañía.

Lo cierto más allá de eso es que no son ningunos solos, simplemente la sociedad les falló. Familias de mierda, gente que no está, teléfonos que se cansan de sonar, excusas a la orden del día, silencios, lavados de manos, culpas debajo del tapete. Los solos no están solos ni tristes, están enfermos porque siempre les dan la espalda. Traumados con ideas inamovibles de que siempre van a fallar y que el fracaso gira al rededor de ellos como eje. Muchos otros solo se conciben como máquinas extraordinarias para dar problemas y generan con el tiempo alergia a los abrazos, a la siesta dominical y la risa verdadera en una mesa con conocidos.

Lo cierto entonces es que ellos no están enfermos, ni solos ni deprimidos ni tristes. Los enfermos somos nosotros que les fallamos por promesas incumplidas y deudas de contrato social. Les fallaron padres, hermanos y abuelos que se acomodaron hace mucha dando la espalda a su horizonte y cada quien que se la rasque como pueda. Los enfermos somos los taimados que solo buscamos estar en paz con nuestra conciencia con el mínimo de esfuerzo. Los solos solo son un síntoma, el de este tiempo de mezquindades y cretinos.