Si algo hay para cuestionarle a quienes incluyeron en el capitalismo al amor es eso de que se puede comprar; y lo cuestiono porque es así: sí, el amor se puede comprar. ¿Y por qué se puede comprar? Porque pareciera que el amor viniera aferrado a las sensaciones positivas que se derivan de una suerte de acciones, porque decimos que amamos cuando estamos obnubilados por las endorfinas, serotoninas y demás ‘inas’ que se despachan cuando la experiencia es más satisfactoria que desagradable.

Entonces, ¿Cuál es el lío? Si puedo comprar el amor, puedo garantizar vivirme toda una vida de emociones satisfactorias y, como diría uno de mis amigos, “ya está”; no obstante, no nos es dado a que el amor permanezca, es decir, que por más satisfactorio que llegue a ser dicha emoción que explota, que se excita y estalla cuando tiene contacto con el algo o alguien que la detona, llega el cansancio, la monotonía. La misma cama, el mismo cuerpo, los mismos besos, el mismo sexo, el mismo restaurante y aunque no lo creamos, hasta viajar, -experiencia maravillosa-, agota y de qué manera. 

El lío con el capitalismo como hoy lo conocemos, porque hubo y habrá otras maneras de configurarlo e implantarlo, como las habrá también para el socialismo y el comunismo si es que en esta carrera destructiva no nos inventamos otro sistema o si es que nos da tiempo para hacerlo, es que, al convertir al amor en mercancía terminamos creyendo que el estimulante puede ser desechado. Si tu carro comienza a fallar, cámbialo; si tu cama está vieja, cámbiala, si tu ciudad no da más, déjala; si tu pareja no te satisface, échala; porque es mejor, porque se siente más cómodo lo novedoso, lo recién desvestido, el olor del libro nuevo, de los cauchos quemándose mientras el motor calienta por vez primera, de los jadeos de ese desconocido o desconocida que nos trae el placer y con ello el amor. Pero cuidado, no estoy despotricando del cambio ya que este es parte de la vida misma, no obstante, no olvidemos que también lo es la permanencia. El cambio y la permanencia son la misma moneda, son uno parte de lo otro, no habrá cambio sin permanencia y mucho menos permanencia sin cambio.

Es en este escenario que debemos reconocer que el amor, como emoción atada a la experiencia instantánea -no olvides que la frase, te amo, – es honesta cuando se encuentra con su detonante, así que solo es transitoria como lo es la felicidad-, al ser sujeto de comercialización va perdiendo su gracia porque se las ve más con la insatisfacción ¿Por qué? por eso de las cosas del amor.

Las cosas del amor no son más que las limitaciones y agotamientos naturales de la relación humana con los otros o con los objetos. En una pareja siempre hay amor, pero si ponemos en una balanza lo que se vive, se quiere, se busca, etcétera, siempre terminaremos distanciándonos a menos que hagamos concesiones y eso induce a la frustración. Las concesiones se hacen cuando afloran las cosas del amor; esas peticiones molestas, esas respuestas negativas o dubitativas, los miedos que tiene el uno o el otro para emprender un proyecto, la distancia natural que exige el individuo para vivir e incluso, sobrevivir.

Eso pasa también con las parejas, porque nunca somos uno, más bien somos dos, o mejor aún, tres; tres porque somos dos y el deseo que se materializa en las fantasías, muchas veces sexuales, y las infidelidades que no son más que la búsqueda de hacer de esas fantasías una realidad física, carnal si así se quiere; es decir, el deseo lo volvemos físico y por eso el amante no ocupa el lugar de la pareja que se muestra públicamente, por eso al amante se le establecen reglas que anteceden a nuestro mismo nacimiento, si es que se trata de un asunto sexual; porque si es un asunto no atado a la carne, seguramente vendrá más rápido la ruptura. 

Así las cosas, el gran problema con la sociedad contemporánea es que solo se mueve en el deseo. Nos venden experiencias todo el tiempo: la tienda que recién abrió y que vende una experiencia de café o de masajes, ¿Volverías? No, porque ya viví la experiencia; entonces ¿Cuánto tiempo va a durar abierta dicha tienda? Nos venden el amor como solo el placer, la conexión y el goce, pero nunca nos dijeron que era más frustración que felicidad, y que la felicidad solo llegaba como destellos de luz.

Vivimos en una sociedad preocupada por ser feliz, por viajar, por comprar, por consumir, por mostrar que está feliz con su pareja, por negarse a las cosas del amor, porque cuando afloran, salen corriendo, a eso le llamamos los ‘casi algo’, esa categoría que define el relacionamiento entre personas incapaces de aceptar la frustración, que solo quieren el placer y que desechan al otro o son desechadas, que terminan en una terapia intentando entender qué pasó si fueron tan buenos o tan buenas y, peor aún, cargando el peso de las estructuras sobre sus hombros como si lo mísero del capitalismo fuera culpa del yo únicamente. Ahora bien, no es que haga una apología a la permanencia, porque el cambio, como lo dije antes, es parte de la vida misma. Hay relaciones que se agotan y no pueden continuar, hay vehículos que tienen que salir de circulación, hay camas que tienes que tirar y comprarte una nueva; pero tenga cuidado al llevar a cabo un acto, porque debemos ser responsables con los otros y esto incluye al planeta mismo. Cambiar por cambiar, por desechar, por buscar el placer únicamente nos lleva al desastre climático y sin duda alguna, al emocional. 

  1. Fotografía tomada por El Caturro: Los Enamorados, Lima-Perú 2023.