Creo que es fundamental creer en el aula. Y digo creer en el sentido más metafísico del término, en el sentido más místico, mudo y ciego de la palabra, porque creer es un acto de fe, un acto que implica lidiar con la incertidumbre, pero que a la par significa confiar: es no ver pero saber que no hará daño.

En tiempos en los que todo parece tan frágil (los vínculos, la atención, la autoestima, incluso las ganas) hablar de deseo en la escuela suena a romanticismo fuera de moda. Pero no me refiero al deseo como un entusiasmo naïf o a ese ideal noventoso de “vocación docente” que la mayoría de nosotros aprendimos a desconfiar por los detrimentos en derechos laborales que contrae. Hablo de un deseo más crudo, más estructural (incluso más sustantivo de esa idea del concepto deseo que hace sinonimia con el de fantasía): el del docente que desea enseñar algo, lo que sea, y el del estudiante que desea aprender algo, lo que sea. Ese cruce improbable que, si sucede, funda un vínculo educativo.
Violeta Núñez lo dice más lindo, con más aparato teórico: que el vínculo educativo se funda en una asimetría necesaria pero no autoritaria, firme pero no complaciente; que hay una apuesta afectiva en juego, pero también una ética. Que enseñar no es solo transmitir contenidos, sino arriesgarse al encuentro con otro, con todo lo que eso implica: la incomodidad, la frustración, la posibilidad de que no funcione.

Lo difícil es que ese encuentro hoy se da con chicos que viven hiperprotegidos (incluso hipervigilados), hipervinculados a sus familias (que, en muchos casos, funcionan como amortiguadores de toda frustración), y al mismo tiempo están completamente expuestos a los discursos de las redes sociales, donde se les promete que pueden ser todo sin tener que pasar por casi nada. Una generación que sabe mucho de consentimiento, pero poco de límites, que tiene mil palabras para nombrar cómo quiere ser tratada, pero muy pocas para nombrar lo que está dispuesta a soportar del otro. No es una crítica (o sí, pero no moral): es una arriesgada constatación de época.
A veces pienso que estamos intentando vincularnos con estudiantes que tienen un radar finísimo para detectar cualquier gesto que les parezca invasivo, pero que a la vez están pidiendo a gritos un adulto que les diga «por acá sí, por acá no». Y lo piden de formas rarísimas: con desinterés, con desafío, con memes. Lo que aparece como apatía a veces es, en realidad, una forma muy contemporánea de manifestar el deseo: una que no se entusiasma por nada, pero que todavía quiere algo, aunque no sepa muy bien cómo decirlo.
Tal vez el problema no sea que no quieren aprender, sino que no terminan de creer que haya alguien del otro lado que realmente desea enseñarles. Y no me refiero a enseñarles matemáticas o lengua (eso es lo de menos), sino a enseñarles que vale la pena quedarse, escuchar, esperar. Que hay algo en el lazo, ese que se arma de a poco, con errores, con silencios incómodos, con días que no salen bien; que todavía puede salvarnos un poco del cinismo general.
Lidiar con esos contemporáneos tipos de deseos es también lidiar con lo que no es placentero. Ellos nos cansan y nosotros también los cansamos a ellos. Pero si algo de todo esto va a tener sentido, tiene que partir de ese lugar donde uno se pregunta, sin cinismo: ¿qué deseo traigo yo hoy al aula? ¿Qué deseo traen ellos? ¿Y cómo hacemos para que esos deseos, aunque vengan golpeados, todavía puedan conversar y escucharse?

