
En los últimos años, las democracias occidentales han experimentado un crecimiento inusual de los partidos y movimientos que pudieremos llamar populistas. Figuras exóticas e inesperadas han logrado hacerse con los cargos de dirección de algunas de las democracias más representativas de occidente y a otras les ha faltado poco. Los populistas usan la indignación, generalmente justificada de las multitudes para plantear arengas e inflamar los ánimos. Proponen soluciones infantiles y aparentemente radicales para ganar adeptos y una vez instalados en el poder, bueno, le obedecen a los poderes reales. Los banqueros, los industriales, los terratenientes. En esta entrada del blog intentaré explicarme y explicarnos este fenómeno.
En la actualidad, la idea que nos hacemos del mundo que está más allá de nuestra esfera cotidiana está fuertemente mediada por las redes sociales: cadenas de Whatsapp, reels de Tik-Tok, Instagram, publicaciones de Facebook, de X, videos de Youtube resultan determinantes en la formación de la opinión pública, o mejor, de las opiniones públicas. La hegemonía de los medios tradicionales se ha roto y esto abre nuevas oportunidades, pero también le abre la puerta a enormes amenazas.
De una parte, las redes han democratizado las posibilidades para constituir medios de información y eso les permite a muchas voces distintas tener un lugar en el gran ágora planetario. De otra parte, los métodos de trabajo del periodismo tradicional que garantizaban cierta credibilidad se han diluido. La verificación y el contraste de las fuentes antes de publicar mitigaban el efecto de los prejuicios y los sesgos en la información. Ahora, en las redes, hay muchas cuentas con logos y nombres de medios informativos que no le hacen ninguna curaduría a lo que publican. Van lanzando noticias y acusaciones con poco y ningún fundamento, más ahora que con la IA generativa pueden hacer hasta videos que engañan a los más incautos y a los no tan incautos. Se vuelve todo un ejercicio detectivesco lograr entrever algo de información real entre tanto ruido, tanta mentira y tanta difamación.
Las redes son alimentadas por sus usuarios; personas y corporaciones, pero están regentadas por algoritmos. Los algoritmos son escritos por programadores y su objetivo es lograr que los usuarios permanezcan el mayor tiempo posible en sus aplicaciones, lo llaman engagement (tiempo de atención, compromiso, enganche). Los métodos adaptativos de los algoritmos usan los metadatos que genera nuestra actividad en línea para maximizar el engagement. El contenido que los usuarios vemos está determinado por aquellas cosas que hemos visto en el pasado reciente y a las que les hemos prestado más atención. Los metadatos, las cookies y otras tecnologías le permiten a los servicios en línea seguirnos, ver qué hacemos, a donde vamos (con el gps de los teléfonos), con quién nos relacionamos, qué decimos. Inclusive hay solicitudes de patentes para leer nuestros micro-gestos faciales con la cámara del teléfono mientras estamos en línea. Todo esto con el pretexto de ofrecernos un mejor servicio, más adaptado a nuestros gustos y nuestras necesidades. Este conocimiento que les permite saber cuál es nuestro shampoo preferido es una ventaja para el mercadeo, pero es un peligro para nosotros.

Uno de los puntos flacos de la cognición humana se denomina sesgo de confirmación. Tendemos a darle más credibilidad y prestarle más atención a las noticias y afirmaciones que coinciden con las ideas que ya tenemos del mundo. Recordamos con más claridad con aquellas cosas con las que estamos de acuerdo. Nos parecen más sospechosas las pruebas que las contradicen que las que las confirman. Los prejuicios son funcionales porque le ahorran al cerebro mucho trabajo, le permiten, como afirma el experto en sesgos cognitivos y premio Nobel, Daniel Kahneman: “Saltar inmediatamente a las conclusiones.” A nuestro cerebro le toma mucho tiempo y energía construir un modelo interno de predicción-interpretación del mundo y por eso mismo, lo defiende con tenacidad de la contra-evidencia, aunque nosotros creamos que estamos siendo perfectamente racionales.
Los efectos que produce en la sociedad esta combinación entre los algoritmos adaptativos que buscan mantener la atención de la gente y los sesgos cognitivos de los usuarios no son nada despreciables. El efecto más visible de todo esto es la creciente polarización de la sociedad. En un artículo del New York Times publicado en el 2018 llamado: Youtube, the great radicalizer (Youtube, el gran radicalizador) la socióloga turco-americana y profesora de Princeton, Zeynep Tufekci, mostraba como más de la mitad de los videos de YouTube eran lanzados por la misma plataforma (algoritmo), no por el usuario y seguían un patrón muy claro, los videos paulatinamente se hacían más extremos. La Dra Tufekci cuenta en su artículo que por razones académicas vio algunos videos de la campaña de Trump en 2016 y notó que YouTube automáticamente empezaba a sugerirle contenidos cada vez más radicales sobre el supremacismo blanco. Curiosa del fenómeno, abrió otro perfil y puso videos de Bernie Sanders, el senador progresista de Vermont, al cabo de una hora YouTube le estaba presentando videos de conspiraciones de agencias secretas del gobierno que produjeron los ataques del 11 de septiembre. Intrigada, empezó a experimentar con tópicos no políticos y encontró que los videos sobre vegetarianismo conducían a los de veganismo y los de trotar en la calle (jogging) conducían a los de ultramaratones. Al respecto afirma la Dra. Tufekci:
“Pareciera que nunca eres suficientemente extremo para el algoritmo de recomendaciones de YouTube. Este promueve, recomienda y difunde videos de una manera que parece elevar constantemente la apuesta. Con sus cerca de mil millones de usuarios, YouTube podría ser uno de los instrumentos de radicalización más poderosos del siglo XXI.” (Tufekci, 2018)
Infiero que la creciente polarización a la escala de las sociedades no es un efecto premeditado por los programadores. Quienes diseñan y escriben los algoritmos tienen su enfoque puesto en la escala del individuo y como ya lo mencionamos, su objetivo es mantener nuestra atención cautiva el mayor tiempo posible. Sin embargo, hay operadores políticos que han sabido aprovechar esta situación para promover agendas populistas.
En los albores de las redes sociales, El italiano experto en mercadeo digital Gianroberto Casaleggio (1954 – 2016) se alió con el actor y humorista italiano Beppe Grillo y lanzaron el blog https://beppegrillo.it/ Cuenta el periodista Giuliano da Empoli, que la estrategia del blog era relativamente sencilla: a partir de los temas más populares del día, un grupo de redactores dirigidos por Cassaleggio escribían una columna que publicada al día siguiente a nombre de Beppe Grillo, una persona que atesoraba un alto reconocimiento del público gracias a su trabajo en los medios audiovisuales. Como en el blog Beppe hablaba de lo que la gente estaba hablando, la gente se vio inmediatamente identificada, el sesgo de confirmación haciendo su trabajo. El blog creció como espuma. En la actualidad es la página más visitada en lengua italiana. Una vez posicionado el blog, sirvió como plataforma de lanzamiento del movimiento de las 5 estrellas (M5E). En la actualidad este movimiento cuenta con cerca del 35% de los escaños del parlamento italiano. El éxito del M5E es que no tiene una ideología política en términos tradicionales, se dedican a decir lo que la gente quiere oír. Si toca contradecirse, qué mas da, lo hacen sin pudor y siguen adelante. En palabras de su actual director Davide Casaleggio:

“Nosotros garantizamos un mejor servicio y somos más eficaces para responder a las demandas de los ciudadanos ante las instituciones.”
Usan los sesgos cognitivos de la gente para hacerles creer que están a su favor. No lo están.
Un caso semejante al de Casaleggio es el de Steve Bannon, el estratega de campaña que llevó a Donald Trump a la presidencia pasada. La idea de base es la misma: aprovecharse de una figura mediática y no política y convertirla en un contendiente político mediante una campaña de mercadeo digital. Si se acuerdan, el ascenso de Trump en la esfera política empezó con el escándalo prefabricado en el que acusaban a Barak Obama de no haber nacido en los Estados Unidos, era una acusación falsa pero a partir de ahí se empezó a estructurar toda una narrativa nacionalista y veladamente racista que terminó con Trump como presidente en el 2016.
Los especialistas en mercadeo político aprendieron mucho antes del advenimiento de internet que las campañas exitosas son las que logran una buena gestión de los estados anímicos de sus simpatizantes, la manipulación de las masas no es algo nuevo. Goebbels fue un gran pionero en estos menesteres. No todas las emociones tienen la misma capacidad de movilizar multitudes. La esperanza es poderosa, pero es más difícil de estimular. El miedo, la ira y la indignación de otra parte inflaman el ánimo de las personas y facilitan la movilización política de las multitudes. En 2016 durante el plebiscito por la paz el estratega de la campaña del No, Juan Carlos Vélez, aseguró que el propósito era hacer que la gente “saliera a votar verraca” (indignada). Así eso implicara tomarse ciertas licencias en la interpretación de los hechos, o dicho de otra forma, propagar noticias falsas. La indignación es una emoción muy poderosa. A propósito dice la periodista española Marta Peirano:
“La indignación es la heroína de las redes sociales. Es más viral que los gatitos, más potente que el chocolate, más intoxicante que el alcohol. Genera más dopamina que ninguna otra cosa porque nos convence de que somos buenas personas y encima, que tenemos la razón.” (Peirano, 2018)
Las publicaciones truculentas, los sucesos aberrantes, las noticias espantosas, la gente grosera, las injusticias flagrantes, la violencia contra los indefensos reciben mucha más atención de los usuarios, clicks, likes, que la atención que logran las publicaciones felices y esperanzadoras. Este sesgo de selección se transmite automáticamente a los algoritmos que gestiónan las redes sociales. Peor suerte corren los textos complejos, las conferencias de los catedráticos y a los análisis de los eruditos. Tanta violencia verbal y explícita hace que la gente se haga paulatinamente menos sensible a la violencia abriéndole la puerta a futuros horrores.
Los algoritmos generan un efecto en la sociedad, si, estimulando la radicalización, pero también lo hace la estructura misma de la distribución de la información: ahora el asunto es personalizado, pero tenemos la ilusión de generalidad, esto genera algo que pudiéremos llamar burbujas de percepción. Cada uno de nosotros ve cosas distintas en las redes sociales, los algoritmos nos muestran preferentemente lo que nos gusta, y esta información, muchas veces sin verificación ni contraste va consolidando nuestro modelo interno de predicción-interpretación del mundo haciéndolo casi inexpugnable. Esta certeza absoluta, esta ceguera, hace que nos resulte totalmente incomprensible que alguien pueda pensar de manera distinta. Nuestro cerebro se defiende: “¿cómo va a decir semejante cosa con toda la evidencia que hay en contra?” Y ante la opinión del contradictor solo atinamos a pensar o que o es un absoluto cretino o un malvado, porque desde nuestra fortaleza de prejuicios ninguna otra explicación es posible. Las descalificaciones, los insultos, se hacen pan de cada día. La gente buscando tranquilidad termina bloqueando o eliminando de sus redes al contradictor y claro, cada vez se encierra más en su burbuja de percepción. Este fenómeno repetido en millones de ciudadanos explica en parte, el proceso de radicalización de la sociedad.
Antes, todos veíamos los mismos noticieros y leíamos los mismos periódicos. La estructura centralizada de distribución de la información era propicia para las apuestas políticas más conciliadoras. Cuando un político tenía que enviar un mismo mensaje a todo un electorado, eran preferibles los mensajes de amplio alcance. Este ya no es el caso, por eso el centro político languidece. Las candidaturas de Claudia y Fajardo muy seguramente ni juntas alcanzarán mañana el millón de votos. Ahora se impone algo denominado la micro-segmentación algorítmica; esto es, que basados en la información de navegación de millones de usuarios se pueden crear categorías muy precisas para luego producir mensajes publicitarios a la medida. Así se pueden agrupar bajo una misma causa política, sectores que de otro modo serían adversarios.

En la campaña del Brexit del 2016, por ejemplo, Cambridge Analytica Recolectó información detallada de 87 millones de usuarios en el reino unido y usando un modelo de análisis de la personalidad establecieron los micro-segmentos que permitían dirigir los mensajes de manera más efectiva, por ejemplo: a las personas con características más introvertidas les dirigían mensajes que desencadenaban el miedo, ya fuera a los inmigrantes, a perder su trabajo o al aumento de la inseguridad, todo dependiendo del perfil detallado. A las personas más neuróticas y con alta autoestima les estimulaban la rabia, la indignación, a ellos entonces iban los mensajes denunciando la corrupción de la UE y la pérdida de los valores tradicionales de la sociedad. A las personas más extrovertidas se dirigían los mensajes esperanzadores, los que mostraban a un Reino Unido próspero y feliz después de salir de la Unión Europea.
Los algoritmos de las redes sociales, pensados para mantener cautiva la atención de los individuos con fines comerciales, han expuesto una gran debilidad estructural de nuestra especie. Sentimos placer, liberamos dopamina, cuando recibimos información que confirma nuestras ideas preconcebidas del mundo. Así sean mentiras. A nivel del individuo causan goce, dependencia y alienación, pero a nivel de la sociedad estimulan la polarización, la violencia verbal y crean un ambiente propicio para el ascenso de los populismos más vulgarles y quizás también del totalitarismo.
Cuando un candidato proclama: ¡En mi gobierno voy a meter presos a todos los delincuentes! Claro, ¿quién no está de acuerdo? Y ya, no hay elaboración. Sus seguidores sienten placer imaginándose a todos esos “enemigos de la sociedad” tras las rejas. ¿Lo va a lograr? Obvio no, pero eso no importa. ¡Dios debe regresar a las escuelas! La burricie exultante de emoción levanta las banderas. Dios va a salvar a la sociedad, oremos. Las personas religiosas y las conservadores son mucho más manipulables, por eso los populismos hacen de ellos su principal, que no único, objetivo. En un artículo publicado en Science el 28 de Julio del 2023 llamado: Asymmetric ideological segregation in exposure to political news on Facebook (Segregación ideológica asimétrica en la exposición a noticias políticas en Facebook) se muestra como el 95% de las interacciones con las noticias falsas provenían de cuentas con rasgos de la extrema derecha política, en otras palabras, los conservadores en USA le creen mucho más a las noticias falsas que los liberales.
¿Porqué entonces alguien va a votar por ese candidato impresentable? Porque dice las mismas cosas que la persona piensa. Un político dice primero tres verdades antes de empezar a mentir. Porque no todo el mundo se piensa tanto el voto, porque concuerda con la idea que años de medios de comunicaciones y redes sociales les han hecho construir del mundo. Porque es una persona ingenua, porque dudar a estas alturas es muy demandante energéticamente para el cerebro. Va a votar por ese candidato porque no tiene la menor duda. Y le parece absolutamente inverosímil que nosotros vayamos a votar por el nuestro.
Dudemos.

