Eres lo que recuerdas.

Norberto Bobbio (De senectute,1996).

Recuerdo que en la biblioteca de mi abuelo además de libros, algunas vasijas precolombinas y conchas marinas, había álbumes de fotos con tapas de cuero troquelado. Era la memoria de la familia que mi abuelo había comenzado en abril de 1947.

Adicional a los álbumes, el abuelo también había adquirido un proyector de diapositivas. Los álbumes y las diapositivas recopilaban algunas décadas de la familia, pues, al final de los años 70, mi abuelo, aunque seguía tomando fotos, ya no las organizaba como antes y se dedicó a coleccionar las caricaturas de El Espectador, principalmente las de Osuna, y las de la Negra Nieves que publicaba el diario El País de Cali.

Los álbumes tenían unas hojas semitransparentes con grabados como telas de araña, que separaban las páginas negras donde estaban dispuestas las fotografías, organizadas casi que cronológicamente, registrando cómo su familia iba aumentando —en número y en estatura— y los momentos especiales de sus hijos, de su esposa, de las vacas, los gatos, de familiares cercanos, lejanos y de los amigos más allegados.

Por muchos años, los álbumes habían quedado en un rincón de la biblioteca y se abrían en algunos momentos por los nietos que vivíamos en la órbita cercana del abuelo. En ciertas noches de viernes, el ritual de colocar una a una las diapositivas en un carrete circular de color gris y luego proyectar dichas imágenes en una de las paredes del comedor de la casa de la sexta era el plan contra el olvido. Para mi este plan era fantástico porque era como una sala de cine, la cual vine a conocer años después, cuando fui por primera vez a ver una película en el Teatro Municipal de Buga.

En los bordes decorados de las fotos familiares, como si fueran marcos de pinturas, el abuelo anotaba la fecha y el lugar de donde habían sido tomadas; y en fotos más recientes, ya cuando apareció la magia del color, anotaba un poco más de información. Cuando alguno de los tíos las miraba, estas automáticamente activaban en ellos la memoria, brotando un sinnúmero de anécdotas y recuerdos. El disparador era esas imágenes sobre las cuales señalaban y buscaban insistentemente a alguna persona para completar la historia que contaban.

Pensando en esos momentos en los cuales se ojeaban los álbumes, pasando con cuidado las hojas con marcas de telaraña y al sentir el olor característico de la biblioteca del abuelo que había impregnado los álbumes para quedarse ahí para siempre, creo que se generaron algunas certezas: la de pertenencia a una familia con una historia (agradable o no, es harina de otro costal), de un origen, de un proceso que ha llegado hasta hoy y que viene pisándome los talones.

La bisabuela María Francisca Gutierrez Romero. Foto del álbum del abuelo, años 60.

Ya han pasado décadas desde que vi por última vez los álbumes de mi abuelo, que junto con las diapositivas seguramente estarán guardados en el armario de algún tío (espero que, en buenas condiciones lejos de la humedad y protegidos de las polillas —estas no perdonan el papel fotográfico—); hoy solo tengo las versiones digitales de aquellas fotos.

El abuelo ya no existe y el boom de los celulares apenas lo tocó; probablemente alcanzó a manipular algún smartphone y fue fotografiado con estos aparatos en sus últimos años de existencia.

Actualmente no se piensan las fotos; simplemente se produce información digital masivamente. No tengo el número, a lo mejor, diariamente se producen cientos y cientos de fotografías digitales por los miembros de alguna familia moderna típica, en comparación con la época de mi abuelo.

Esta información digital en formato de imágenes, como mínimo, queda refundida en las memorias de los celulares; algunas se comparten para dejar evidencia de la reunión de cumpleaños o del almuerzo del Día de la Madre; otras se envían con los amigos para dejar registro de la rumba y del outfit que se tenía. Además de la carrera contra reloj por subir las imágenes a las redes, para constatar la asistencia a un evento, qué se comió, qué se bebió y con quién se departió la reunión.

Luego de este tipo de ritual todo entra en la penumbra y en la oscuridad del olvido; vienen otros momentos que hay que registrar, nuevas imágenes y así sucesivamente: una producción frenética de imágenes digitales, que llenan la memoria del celular. Al estar colmada hay que liberar espacio porque se requiere para nuevos registros. Es necesario, al menos, limpiar; otros optarán por comprar un nuevo celular con más gigas de almacenamiento. Quizás esos eventos espaciales ya no lo son tanto y merecen estar en la papelera. Hay tanto por registrar: nuevas emociones, nuevos amigos, lugares diferentes, experiencias…

La probabilidad de imprimir al menos algunas de las imágenes digitales que están en el celular es muy baja. La tarea es seleccionar, imprimir, buscar un álbum o un portarretratos, organizar las fotos impresas… Es mucho trabajo —dirán algunos—, ¿y para qué toda esa vuelta, si tengo miles de «fotos» en mi celular y las puedo ver en la pantalla en alta definición, o en un álbum digital?

La imagen digital es susceptible de ser efímera si no se toman las debidas precauciones. Esto sin mencionar los casos cuando el smartphone es robado o se cae en la taza del sanitario. Todo lo que se ha registrado con los celulares en los últimos diez o quince años —el cumpleaños, la reunión de amigos, un grado, un desfile, un bebé que llega…— probablemente ya no existe, salvo en contadas excepciones.

Nuestros recuerdos se han volcado a ser bytes y estos están en memorias de silicio que no sienten; ya no hay forma de tener este tipo de conexión con el pasado, de conocer la historia de la familia, los amigos, de reunirse en torno al álbum de fotografías y desbordarse en anécdotas; ya no existe ese disparador de la memoria que es la fotografía impresa. Ya no tenemos la materialidad que nos hacía sentir pertenencia a algo y la conexión con el pasado del cual fuimos parte.

Manu