En las democracias occidentales contemporáneas, la frontera entre el candidato y el funcionario electo se ha vuelto cada vez más difusa. La política se ha teatralizado, y el líder ya no solo promete, sino que encarna un relato. En ese contexto, resulta sintomático el discurso que Abelardo pronunció el 20 de julio, en la conmemoración de la independencia del Reino de España. Una efeméride potente; una idea que nos enaltece combativamente, que nos recuerda que se pudo desestabilizar a un reino, aunque no derrotarlo: el reino español, como bien se sabe, sigue vigente. Pero Abelardo no está interesado en precisiones históricas; su interés es mítico.

El 20 de julio ofrece el escenario ideal para una suerte de evangelización cívica: la reafirmación de la soberanía popular y de la identidad nacional. Sin embargo, Abelardo, aún sin posesionarse, adelanta un gesto que trasciende el protocolo: anuncia que tomará posesión en una guarnición militar, en un guiño explícito a los «verdaderos héroes de la patria». Es una declaración de principios: el orden, la fuerza y la lealtad castrense se sitúan por encima de las instituciones civiles.
Parte del éxito electoral de Abelardo reside en su capacidad para articular sus palabras con el descontento popular. Vuelve a la mano dura, al trabajo como única redención posible y a un patriotismo de exclusión, que define lo propio por oposición a lo percibido como ajeno. Su intervención más reveladora, sin embargo, fue su afirmación de que en Antioquia se dio «el grito definitivo de independencia», presentando al gobierno de Petro como una fuerza colonizadora y al pueblo antioqueño como el núcleo revolucionario. Esta narrativa se inserta en la narrativa de la batalla cultural global contra un supuesto «marxismo estatal» que todo lo impregna y corroe. Como señala Pablo Stefanoni, la rebeldía, hoy, se ha vuelto de derecha.
La fuerza de Abelardo también es semiótica. La representación del tigre, la apropiación de la camiseta deportiva de la selección nacional, el gesto furioso, el estilo bukeliano y una gestualidad que remite a ciertos arquetipos de liderazgo fuerte, casi mussolinesco1; todo ello activa emociones primarias (casi infantiles) de pertenencia, de identidad y una cierta necesidad de un protector. El presidente, en el imaginario colectivo, debe ser un capitán fuerte, un líder que impone respeto… un gran patriarca. Y Abelardo habla con su cuerpo (como Il Duce) tanto como con sus palabras, rodeado de un séquito que corea en un llamado tribal: ¡tigre!, mientras el pueblo, indignado por un presente aterrador (guerras, crisis climática, desempleo y frustración profesional) encuentra en él una vía de descarga emocional.
La designación de los antioqueños como el «pueblo ejemplar» de Colombia no es improvisada. Es un tropo que ha madurado durante décadas: el acento paisa como marca, el influjo de influencers, la memoria del pasado mafioso, ídolos deportivos y musicales, la bandeja paisa como emblema y, por supuesto, el narco como figura de poder y rebeldía. No se trata ya del «Estado Libre de Antioquia», sino de su versión modernizada: la «combustión paisa» para la «Patria Milagro». Una nación imaginaria que promete redención por vías no institucionales.
En el fondo, el discurso de Abelardo reposa sobre tres pilares: patriotismo militar, trabajo autónomo e independiente, y un deber cívico antisistema, que desconfía del Estado. Pero esta tríada no es nueva; abreva directamente de los tópicos del uribismo más duro, los cuales, lejos de desaparecer, se han revitalizado y fortalecido. No son una herencia muerta, sino un sustrato que pervive porque responde a tradiciones profundas de autoritarismo, regionalismo y excepcionalismo que han encontrado en Abelardo su nuevo y más eficaz portavoz.
Lo que vemos, en definitiva, no es un líder que irrumpe, sino un síntoma que estalla. Y su éxito no es solo suyo: es el reflejo de una sociedad que, atrapada entre el miedo y la nostalgia, prefiere el rugido del tigre al murmullo débil de la democracia.

- Gracias a @federicofiet por esta observación ↩︎
