Debo admitir que tengo cierta admiración con las décadas sesentera y setentera. Pienso en las muchas bandas musicales irreverentes que se volvieron faros de rebeldía cultural, pienso en los artistas que se volvieron horizontes políticos, pienso en los intelectuales que se volvieron faros ideológicos, pienso en las películas icónicas que se volvieron infaltables para la conversación social.

Debo admitir también que no he visto la nueva película de la nueva saga del Planeta de los simios, pero aprovecho esta renovación excusada en la nueva película para hablar un poco de contrastes con olor a formol, no tanto como el viejo cliché de todo tiempo pasado fue mejor, pero sí con la ilusión de que toda discusión cinéfila nos permite entender mejor el pasado y nuestro presente.

Gracias a este nuevo excurso fílmico revisité la primera película del Planeta de los simios, la de 1968, encontrándome con gratas y nuevas sorpresas. Debo admitir, además, que revisité la película porque sabía que habría una discusión metafórica que no encuentro en la nueva saga, pues en ellas los simios no son más que simios, una especie de realismo espectacular que carece de estímulo y discusión sobre nuestro pasado o presente.

Pero entonces ¿quiénes son los simios en la novela y la primera película?, ¿a quiénes hace referencia? Si bien no tengo una respuesta unívoca o de fidelidad autorial creo entrever que aquella discusión político-religiosa que nos pone en primer plano el film, hace referencia a las discusiones, de la misma índole, sobre la evolución de nuestra propia especie y sobre nuestra relación con la naturaleza.

Sobre el primer punto hay que mencionar que en la década anterior a la novela homónima al film, que es de 1963, se discutía sobre la posición taxonómica de los neardentales, qué tan cercanos o lejanos eran de nosotros como especie, qué similaridades y diferencias fundamentales teníamos. Aquellas preguntas además sacudían círculos religiosos para los que aún la evolución no era más que un relato. Y sacudir los poderes religiosos sigue siendo, aún hoy, desestabilizar centros neurálgicos del orden civil.

La película del 68 plantea esa discusión invirtiendo los papeles, puesto que en ese mundo los simios, seres inteligentes y civiles, podrían provenir de los salvajes humanos carentes de habla. Tal posición refleja la pregunta sobre cómo era posible que los hermosos y blancos humanos provinieran de los oscuros y obtusos gorilas, orangutanes y chimpancés. Impensable pero absolutamente posible dados los avances científicos en materia biológica.

Sobre el segundo punto hay que mencionar que la pregunta sobre la humanidad de los simios ha perdurado a lo largo de los siglos, especialmente sobre la pregunta de por qué no poseen habla como nosotros. Sin embargo, es recién la mitad del siglo XX  que se pasa de intentar enseñarles el lenguaje articulado hablado para intentar enseñarles lenguaje de señas y signos.

Intentar que los simios se comporten o aprendan características humanas era tratar de percibirlos diferente a lo que ya son, pero especialmente como si de ello dependiera el respeto y trato hacia ellos: si el ser no habla no merece tanto respeto. Tal axioma era cuestión de interrogantes y arrogancias en las décadas previas a la novela ficticia. De ahí que la inversión de roles de la narración tenga un valor persuasivo hacia una posición ética dirigida a los miembros de la naturaleza que no sean humanos.

Pareciera, quizás, que tales discusiones ya se vieran zanjadas: no hay duda de la evolución, ya no es un debate científico; y ya no hay duda de que todos los miembros del árbol de la vida merecen un lugar en nuestro respeto, al menos ya no es una discusión científica. Pero lo actual del film del 68 es que sí son discusiones sociales en muchos círculos, aún hay dudas sobre esas verdades científicas, aunque pareciera que tales dudas se visten de verdades radicales y fanáticas dispuestas a beligerar toda acusación contraria.

Pareciera, además, que las actuales películas del Planeta de los simios no están interesadas en evocar debates, en estimular tópicos filosóficos sobre nuestro rol ambiental, en generar discusión sobre nuestro lugar en el árbol de la vida o quizás en nuestra relación con nuestros parientes primates no inmersos en la producción y consumo capitalista. Pareciome que, en eso, es mucho mejor revisitar la película sesentera y seguir activando círculos de conversación cinéfila.