El sueño, sostiene Freud, es la vía regia hacia el inconsciente, el escenario donde nuestros deseos más ocultos se dramatizan. El cine, podríamos aventurar, es el sueño colectivo donde una sociedad puede contemplar sus propias fantasías fundamentales. La película de Robert Eggers, Nosferatu (2024), es una obra maestra en este sentido. Más allá de su impecable factura visual y su profundo conocimiento de la historia del cine, el film nos confronta con una fantasía tan perturbadora que a menudo se la prefiere mantener irreconocible: la fantasía de que el deseo sexual y el deseo de aniquilación pueden llegar a confundirse.

Mi tesis es la siguiente: Ellen, la protagonista, no es una víctima pasiva, sino un sujeto de deseo; un deseo que, estructurado por el trauma y la censura, la lleva a anhelar su propia posesión y aniquilación por parte del Conde Orlok. A su vez, el objeto del deseo de Orlok trasciende la sangre o el cuerpo físico; su verdadero objetivo es el acto de consentimiento mismo. La escena central para esta idea no gira en torno a la posesión, sino en torno a la fantasía de lograr que el otro desee su propia destrucción. Esta es la expresión compleja y siniestra del deseo que el film explora.

Eggers realiza un giro crucial al desplazar el foco de la novela original de Drácula y del Nosferatu de Murnau: coloca a Ellen en el centro. Este cambio narrativo no es solo audaz, sino que es el que habilita una lectura psicoanalítica profundamente polémica. La pregunta que nos lanza la película es incómoda e inquietante: ¿cómo puede surgir en el psiquismo un deseo aparentemente autodestructivo?
El psicoanálisis no juzga estos deseos como «buenos» o «malos»; intenta comprender su lógica paradójica. Lejos de ser una teoría arcaica, nos ofrece las herramientas para cartografiar los vericuetos del deseo humano, allanando caminos para su reconocimiento y, potencialmente, para su resignificación.
El punto de apoyo de esta interpretación es la regla que rige la existencia de Orlok: no puede actuar sin una invitación explícita. Esta prohibición supernatural es la que estructura su deseo. No es una limitación que lo frustre, sino la condición que transforma una pulsión básica en un deseo propiamente dicho: un deseo que debe ser reconocido y consentido por el otro. Esta dinámica revela el núcleo de la fantasía sádica: el goce no está en la toma por la fuerza, sino en el momento en que la víctima elige, voluntariamente, su propia aniquilación.
La ambientación victoriana no es un mero decorado. Esta sociedad, que Freud identificó como la cuna de la histeria por su férrea represión sexual, funciona como el caldo de cultivo perfecto para el deseo de Ellen. Su trauma inicial no aplasta su sexualidad, sino que la configura de un modo monstruoso. Su deseo se convierte en lo censurable y, al mismo tiempo, en lo irreprimible. Este conflicto la lleva a una compulsión a la repetición: inconscientemente, busca revivir el trauma original, pero esta vez ejerciendo un control sobre él a través del consentimiento. Es su deseo lo que, en última instancia, «castra» simbólicamente a su esposo, Thomas, revelando la violencia latente en su relación burguesa.
Thomas viola a Ellen en un encadenamiento del trauma: el monstruo lo origina, el padre de Ellen lo nombra como pecado, la medicina lo castiga, el burgués lo niega, el sabio (representado por el personaje Eberhart y actuado por Willem Dafoe) lo instrumentaliza, el marido lo reproduce, y finalmente, Ellen lo elige.

La lectura es polémica, sin duda. Parece chocar frontalmente con los esfuerzos de deconstruir los vínculos entre sexo y violencia que exploramos desde los feminismos y las nuevas masculinidades. Sin embargo, el psicoanálisis no afirma que el deseo sea violencia, sino que explora cómo, en ciertas condiciones de represión y trauma, el deseo puede estructurarse alrededor de una fantasía de violencia. La pregunta crucial que nos deja Nosferatu no es si debemos condenar a Ellen, sino cómo podemos, como sociedad, interrogar las paradojas de nuestro propio deseo y orbitar los riesgos que teje esta compleja relación entre la prohibición, el goce y la libertad.

