La conferencia de Jan Blommaert sobre la “weaponizing” de la verdad1, habla de que la verdad, como concepto actual, se ha individualizado, se ha desarticulado del discurso científico y opera ahora como parte del estatus social de ciertas instituciones y personas. Ya Foucault había hablado de que la verdad era una constelación discursiva que se construye socialmente en determinada época con determinadas lógicas. La posverdad se llamó también a este fenómeno.

Y algo de eso quiero hablar; contaré una historia cuyos protagonistas parecen ficcionales, pero que, aquí como en el barrio, la frontera entre verdad y ficción opera de maneras extrañas. Para reflexionar, también, cómo las resistencias discursivas buscas resquicios en las lógicas institucionales de la verdad y cómo, en ocasiones, los fantasmas de las señoras hablan con la verdad.

Hay crímenes que no caben en el lenguaje. No porque sean innombrables, sino porque la lengua con que podrían nombrarse pertenece a quien los comete. El diccionario, como el Estado, como la prensa, como la respetabilidad, como el gravitas, tienen dueños y nombres. Y cuando el dueño del diccionario es también el dueño del crimen, las palabras se retiran a los patios traseros, a los tendederos, al murmullo que se desliza entre una taza de café y otra.

En los viejos barrios, esos donde todavía se sacan sillas al andén al atardecer, existe una forma de archivo que no consta en ningún registro oficial. Es un archivo líquido, polvoroso, transmitido de boca a oído con la misma naturalidad con que se pasa una receta o se comenta el precio del tomate. En ese archivo viven los muertos que no tienen lápida, las víctimas que no tuvieron expediente, los crímenes que nunca ocurrieron. Y sin embargo, ocurren. Y las señoras lo saben.

El doctor Echeverría vivía en la casa más linda de la ciudad, una construcción de tres plantas con balcones y veraneras. Era un hombre de esos a los que la comunidad otorga el título de «prestante»: quizá por el modo de llevar el sombrero, por la antigüedad de su apellido en la región, o por la ausencia de toda preocupación económica.

Tenía consultorio en el centro, pero atendía poco. Se decía que su fortuna venía de tierras, de herencias, de esos capitales antiguos que se multiplican solos como las cucarachas en la oscuridad. Se decía también, en un tono más bajo, casi inaudible, que le gustaban las niñas. Nadie lo dijo nunca en voz alta. O quizá sí, pero no de ese modo que deja constancia, que exige respuesta, que obliga al Estado a fingir que investiga. Se decía como quien dice que va a llover: una observación sobre las cosas, no una acusación.

En el barrio trasero vivía Lucía, de once años. Vivía, además, en la calle de más atrás, donde las casas son más bajas y la pintura se descascara con total naturalidad. Su madre lavaba ropa ajena; su padre, cuando estaba, bebía. Lucía era de esas niñas que existen en los márgenes de la visibilidad social: demasiado pobres para ser protegidas, demasiado vivas para ser lloradas adecuadamente cuando desaparecen.

Un día Lucía desapareció para nunca más volver. Nadie dijo nada, pero había un susurro que miraba a la casa más linda de la ciudad. La madre preguntó en el barrio. Preguntó en voz baja, con esa mezcla de angustia y resignación de quien sabe que preguntar demasiado fuerte puede ser peligroso. Porque ¿qué se puede decir contra un hombre que cena con el alcalde, cuyo hermano es congresista, cuya esposa es la mejor amiga del cura? ¿Qué palabra cabe contra quien puede, con una sola llamada, convertir una acusación en calumnia, una denuncia en difamación, una madre en una loca resentida?

Fue doña Carmen, la de la esquina, quien la vio primero. Una noche, mientras regaba las matas, levantó la vista y allí estaba: una figura pequeña, blanquecina, inmóvil tras los cristales del balcón del segundo piso del doctor Echeverría. Una niña fantasmal.

El rumor creció como crecen estas cosas: en espiral, alimentándose de su propia imposibilidad. Primero fue doña Carmen. Luego doña Mercedes confesó haber oído llantos infantiles al pasar frente a la casa. Después la señora de Pérez dijo que su perro se negaba a caminar por ese andén. Para finales del año, el susurro del barrio hablaba del fantasma.

Años después, cuando el doctor Echeverría murió, de un infarto, solo, en esa misma casa que ya nadie quería comprar; las mujeres mayores del barrio se persignan cuando pasan por la calle de linda casa. Los niños juguetean con la idea del fantasma y los otros hombres prestantes, ciegos por la verdad de los libros y sordos a los susurros del barrio, se burlan críticamente de la existencia de la palabra fantasma.

  1. https://www.youtube.com/watch?v=ZYKl5GgD3Uk ↩︎