Hace poco Coronell entrevistó a Petro1. Mucho se dijo de aquella entrevista y de sus escenas. Hoy sólo quiero destacar el momento en el que Petro señala la actitud de él hacia Trump, que tuvo como respuesta un Trump vituperante: “Is a thug and a bad guy” además agregó una arenga que causó revuelo: Is making a lot of drugs.

Resalto aquellas dos escenas porque pienso en el vituperio, en el insulto público con funciones políticas. Pues venimos y sostenemos, civilmente, un imaginario del debate racional que empíricamente muy pocas veces evidenciamos. Más bien al contrario: el ágora pública reboza de insultos.

Pienso en un artículo reciente2 que analiza y reflexiona sobre el insulto. En aquel texto se sostiene que el insulto público y político nos deja “fuera del marco de la discusión racional argumentativa, pero, por supuesto, no por fuera del campo de la política; diría más bien lo contrario: el insulto público nos pone en un lugar importante de la política democrática real, donde la discursividad adquiere formas estridentes para mantener el compromiso con ciertas luchas sociales generalmente invisibles o marginales.”

En aquel artículo se analiza el insulto proferido por una concejala animalista que promovía el no consumo de carne de animales un día al año. La respuesta del presidente de la Federación Colombiana de Ganaderos, Fedegán, fue estridente. Ella queriendo mantener aquel ideal del debate racional terminó insultado a Lafaurie quien con calumnias e injurias la desestabilizó.

Me quedé pensando en eso del insulto para mantener el compromiso con luchas sociales invisibles o marginales. Me gusta eso de que el insulto público, ese que nos escandaliza en las redes y en los titulares, no es el fracaso de la política, sino su núcleo más real. Que, al abandonar la discusión racional, el vituperio pone en escena luchas sociales que de otro modo serían invisibles. Es el grito del que no tiene micrófono, pensé. Tiene una lógica romántica, casi punk.

Pero luego miro a mi alrededor, a este circo atroz y fascinante que es la política global, y me pregunto si ¿De verdad el insulto es el arma del débil? ¿O se ha convertido, también, en el uniforme de camuflaje del que ya es fuerte?

Donald Trump nos regala un gran ejemplo. Al presidente de Colombia, Gustavo Petro, un exguerrillero convertido en mandatario con una agenda ecológica y de izquierda socialdemócrata que chirría profundamente en el panteón conservador, Trump lo llamó “un matón y un tipo malo” (thug and bad guy). Y, por si acaso, añadió la acusación vintage: “Está haciendo muchas drogas”. No argumentos, no crítica política: un insulto de patio de colegio, pero con alcance global.

Aquí nos topamos con el actual reality show político. Trump no es invisible ni marginal. Es el presidente del país más poderoso. El insulto de Trump no busca visibilizar una lucha oculta; busca crear una realidad a golpe de estigma. Su objetivo no es debatir políticas de drogas o de comercio. Es pintar a Petro, ante sus seguidores, como la encarnación de ciertos fantasmas: el caudillo violento, el narcopolítico, el “malo” del póster. Es la política como meme (¿memeification?).

Esto es lo que hacen a diario Trump, Le Pen y sus epígonos: utilizan el insulto no para salir del margen, sino para fingir que están en él. Decision makers desde sus lugares de enunciación, representando unas políticas con décadas en instituciones se presentan como valientes outsiders que “dicen lo que todos piensan” contra unas “élites políticas corruptas”. El insulto es su certificado de autenticidad. Es el “hablar claro” que, en realidad, es un cálculo perfecto: genera titulares, moviliza a la base con adrenalina de tribalismo y envenena el pozo del diálogo antes de que empiece. Porque lo que sostiene el artículo académico es muy potente: no se trata de convencer sino de vencer o más precisamente, de parecer que se vence al otro. Para después reclamar alguna victoria simbólica.

Lo genial (y lo terrible) de esta estrategia son sus múltiples movimientos. Primero, recrea identidades políticas basadas en fantasías morales de ellos versus nosotros; segundo, simplifica: convierte conflictos llenos de matices (la transición energética, la reforma agraria, la geopolítica) en un duelo de caricatura entre el “Thug” y el “Hero”. Tercero, se genera un efecto de autenticidad (concepto muy de moda); y finalmente es un giro de rating (como bien lo señala el autor del artículo): en esa tradición del debate racional la política se convirtió y fue concebida como máscara diplomática, aburrida, sosa. El insulto parece romper con eso. Es un jujitsu retórico imbatible.

Al final, el insulto político ya no es el grito de quien no tiene voz. Es el ladrido estratégico de quien quiere que el parque entero se pelee por su hueso. Nos pone, sí, en el corazón de la política democrática real: una donde la razón argumentativa es, a menudo, la invitada de piedra, y donde el escándalo, la identidad tribal y la performance emocional marcan la cancha.

  1. https://www.youtube.com/watch?v=D5zv92zEXwE ↩︎
  2. http://www.scielo.org.co/pdf/clin/n46/2346-1829-clin-46-e17894.pdf ↩︎