Por: A. J. Parrish, filósofo y teólogo formado por los Jesuitas. Criado entre gatos en Bogotá. Profesor, ambientalista, admirador de la niña Sueca Greta Thunberg, lector voraz. Adoptado por Buga y compañero de Alice in Wonderland

Estas palabras aparecieron en un cartel durante una manifestación en Alemania, a finales del año 2018, que se adhería a la huelga estudiantil contra el Cambio Climático, de la adolescente sueca Greta Tintin Thunberg Ernman. Y su enojo, rabia, indignación, ira, como la quieran llamar tiene razones de peso.

Lo primero, que produce para muchos esta niña tan seria y con el ceño fruncido, es rechazo en algunos adultos; le han dicho “cara de puño”, se han burlado de su enfermedad (Síndrome de Asperger); le han sugerido que se vaya a estudiar, le han inventado patrocinadores industriales que quieren promocionar con ella, sus productos “verdes”, hasta la han asociado con el multimillonario y tramposo George Soros. Pero ella sigue altiva, serena, con su mirada limpia y sus manos sin manchas de sangre. Claro, lo primero que produce en el oyente adulto, insensato y consumista es rechazo; ¿por qué una petisa de impermeable amarillo y trenzas me viene a decir a mí que el planeta está en crisis, que los mares van a inundar las islas y las ciudades costeras en los cinco continentes y que todos los desastres, son responsabilidad de los adultos que no han puesto en marcha políticas que guarden el planeta Tierra para las generaciones futuras? Lo segundo,  es claro que sea molesto su mensaje, pero justo su reclamo, sus críticas (que no nos gustan mientras más años acumulamos), pues cuántos tratados, protocolos, acuerdos, actas, se han firmado desde los años 80 del siglo XX para defender la Biodiversidad, el Clima, la fauna silvestre, las selvas tropicales, el oxígeno, los mares, las montañas, los pájaros, las abejas, las flores, los páramos, los ecosistemas naturales estratégicos que sustentan la vida humana, etc. El cumplimiento de todos esos papeles y documentos no llega al 30% en cuarenta años, en términos optimistas (M. Rodríguez, 2019).

Todas las cumbres ambientales, empezando por la de Río de Janeiro en 1992, son un fracaso, pues se convirtieron en un espectáculo donde, presidentes, Reyes, Primeros ministros firman acuerdos, en medio de la lluvia de flashes, que luego se convierten en letra muerta, pues no solo los problemas ambientales continúan sino que se agravan minuto a minuto. Basta con ver el gran Bioma Amazónico, con toda su complejidad y donde, bajo la férula de un presidente ignorante y populista, que en pocos meses, está acabando con lo poco que dejaron sus antecesores: desde la junta militar de Ernesto Geisel, hasta Luis Ignacio da Silva “Lula”, pasando por Collor de Mello y Fernando Enrique Cardozo. Todos han considerado el macro-ecosistema Amazónico como un botín, fuente de recursos infinitos y crematísticos; donde se han ignorado las comunidades ancestrales que durante milenios han sustentado, con sus saberes, todo el engranaje del gran Bioma suramericano; ellos conocen como funciona, se proveen del mismo y lo cuidan pues ellos saben que forman parte de él. Si se destruye la floresta, con todas sus formas de vida, de paso se aniquilan las familias y tribus que viven allí y eso tiene un nombre: ¡GENOCIDIO…!

Pero volvamos a la figura de la pequeña Greta. Está tan enojada como el suscrito, pero escribir esto, es por lo menos una catarsis, un desahogo. Lo único que pide ella, a los políticos y los que toman las decisiones en materia económica o ambiental, es muy simple: cumplan los acuerdos que firman (en especial los acuerdos Climáticos y la reducción de gases de efecto invernadero, GEI) y escuchen a los estudiosos, científicos, que desde hace décadas están alertando sobre el deterioro de todos los ecosistemas del planeta que nos tiene al borde de un colapso global.  Ella hace lo que puede, desde dónde puede: una huelga juvenil, para que atiendan los cambios producidos por nuestro sistema neocapitalista-industrial y que afecta el clima de todo el Planeta. El 20 de agosto del 2018 se ubicó con su cartel al frente del Parlamento Sueco, dejando de aistir a sus clases. Llevaba unas hojas volantes donde explicaba su presencia allí, una tabla para recoger firmas, su mochila, su termo con agua y su cartel anunciando la huelga. Hacía 6 o 7 años se estaba preparando para ese día, estudiando, leyendo, consultando especialistas, conversando con sus padres, luchando contra su problema y cada vez optando por la más sensato e inteligente: hablar poco y solo cuando le pregunten. Un silencio selectivo (como la Corporación de Fermatas de León Octavio: “el silencio es nuestro capital de trabajo, por favor no nos conduzca a la quiebra”).

Greta en la “Huelga escolar por el clima” (Skolstrejk for Klimatet). Tomado del portal RT Deutsch.

Lo que molesta a muchos adultos inconscientes e ignorantes, es no solo que “cante la tabla” con respecto a los compromisos incumplidos en materia de cambio climático (Acuerdo de París, Protocolo de Kyoto), sino que ataque al sistema político mundial y al educativo en particular, dejando de asistir a sus clases. Teresa May, le dijo que se fuera a estudiar, que sería más útil allá. El megalómano Donald Trump, le dijo, con ironía, que era una niña brillante, preocupada por el futuro del planeta y de su generación… el capo mafioso y nuevo Zar de todas las Rusias, Vladimir Putin, dijo en un foro, que: “Nadie le ha explicado a Greta Thunberg que el mundo moderno es complejo” y agregó que, “es incorrecto utilizar niños incluso para objetivos tan nobles” (y lo dice un exdirector de la KGB).

Otros la han calificado de radical en sus intervenciones en foros internacionales pues ataca incluso a países que están trabajando por frenar el cambio climático. Pero, si vamos a la etimología de la palabra radical, encontramos que viene del latín raíz, la misma de las plantas, lo más profundo que sustenta un árbol milenario como la Sequoia californiana o una frágil planta callejera como el Diente de León. Radical no es sinónimo de intransigente, es de verdad el que desea y trabaja por cambios que toquen hasta lo más profundo de nuestros sistemas económicos, sociales y políticos, que crean superestructuras culturales y de consumo masivo de bienes suntuarios donde eso, nos está llevando a lo que Greta llama el “colapso ambiental global”. Y lo peor: no todos somos responsables, la degradación de nuestra Biodiversidad y el cambio ambiental, recae directamente sobre el 10% de las personas más ricas del planeta. En marzo, a comienzos de este año pandémico, la Universidad Johannes Kepler de Linz, Austria divulgó un informe donde lo corrobora: el 10% más rico de la humanidad es responsable del cambio climático. El argumento, usado por la ultraderecha: todos somos culpables por los desastres ambientales, es una falacia, porque entonces resulta que nadie es responsable. Claro, todos podemos hacer algo por el pedazo de planeta que nos corresponde: nuestra casa de habitación, nuestra cuadra, nuestro parque vecino, el jardín familiar. Pero, los que deciden desde sus poderosos tronos y no escuchan, pueden declarar, por ejemplo, que una zona de reserva natural que va de Alaska y parte del polo Norte, puede ser explotada por compañías petroleras, como lo acaba de autorizar el primer torpe de la Oficina Oval (Cfr. DW-noticias, Alemania. Agosto 18-2020, 2:20 p.m.). Lo que corrobora una vez más que, el poder desmesurado y absoluto: enloquece, embrutece y corrompe.

Desde su posición ácrata, la pequeña Greta se convierte en una conciencia de toda la humanidad, como en la mitología Griega, Casandra, a quien Apolo le concede el don de la profecía, puede ver el futuro, pero nadie le hace caso. Sabía de las desgracias que venían sobre Troya, pero cuando las contaba, previniendo un desastre, la toman por una demente o una orate.

Nos queda esta década que comienza para frenar la destrucción y la guerra secreta, no declarada de la humanidad contra la naturaleza (R. Nataliccio, Ecoportal). Cambiar los sistemas y modelos socio-económicos y volver a replantear el papel de los humanos en los ecosistemas naturales y artificiales (megápoIis). Volver a recomponer los lazos espirituales y armónicos con todos los seres vivos no humanos, desde la hormiga hasta el elefante, pasando por los colibrís, las abejas y los murciélagos y llegando hasta los ballenatos y los cuyes.

Greta acaba de reaparecer, el 25 de septiembre en Suecia y en muchas capitales de Europa con sus “viernes por el Planeta”, saludamos ese acontecimiento (Noticias DW, Alemania, 2 p.m. Colombia). Y finalmente, como escribió el militante-mártir amazónico Chico Mendes, asesinado por fazendeiros a finales del año 1987: “Si la ecología no tiene una dimensión política, se convierte en pura jardinería”.