Parece que con el tiempo vamos amando de distintas maneras. No sé si es el hastío de Disney, porque ese sí que ha sido más dañino que Stalin y Hitler juntos; no sé si sea que uno se cansó de las novelas de Televisa; no sé si al final terminamos tan rotos que, al ver derrumbarse el mundo, comenzamos a recoger nuestros pedazos, y como si se tratara de una actuación pobre lloramos a lo Muhammad XII (Boabdil)-el último Nazarí de Granada-[1], lo que ‘no supimos defender como hombres’; aunque siendo honesto, si se trata del hombre heteropatriarcal, en muchas cosas me rajé.
A lo que quiero llegar con esta perorata es que, más allá de todo lo dicho, siento que comienzo a entender un poco que el amor llega de maneras diferentes a medida que vamos haciéndonos mayores de edad, y aquí pienso en Kant[2]. Ya no quiero un amor bonito, como lo definen algunos mientras piensan en flores y fiestas comerciales; por el contrario, pienso en un amor libre que se quiera quedar conmigo, con mis demonios y cambios de emociones, pero también que se vaya sonriente mientras me recuerda que fue feliz. Como en la canción de Sabina, “no quiero un amor civilizado”.[3]

El amor se va transformando, es una metamorfosis y no una evolución porque el segundo es más predecible; entonces siento que algunas veces vuelvo a amar como lo hice a mis tempranos años, cuando solo sentía el deseo que estallaba en la panza; otras veces me enternece quedarme dormido abrazando ese cuerpo que contiene el alma de una mujer que miro con admiración por ser capaz de dar vida en todas sus formas. Algunas veces solo quiero reírme y ser estúpido, hacer giros inesperados y que el calapié de Amarela nos recuerde las leyes de la física, para después recibir la reprimenda de mi acompañante que, también me recordó cuánto me quiere porque me abrazó de cuando en vez y me mostró con sus dedos ese símbolo de propina -para mí- pero de amor para las generaciones más jóvenes.
Entonces creo que el amor nos va llegando de muchas nuevas maneras, formas inesperadas en las que he llorado lo que se va, pero me he sorprendido con lo que llega. El amor se me presenta con canciones de “Chabuca Granda”, pero también con “Él mató a un policía motorizado”. El amor me llega entre prados y montañas, frente al mar y entre cocinas hechas para amenizar la cotidianidad. El amor me sorprende y me encanta lo que he tenido que vivir, aunque confieso que también he tenido que llorarlo mucho, tanto como para que algunas veces crea que se me secaron las lágrimas. Y sí, estoy roto, muy roto, pero me gusta lo que se va elevando a medida que cada ladrillo recogido viene con la marca del pasado y aunque algunas veces no encaja del todo bien, lo dejo como testigo, a la vista, para recordar que también amé de otra manera “porque el alma es como el tronco del árbol, que no guarda memoria de las floraciones pasadas sino de las heridas que le abrieron en la corteza” (Rivera [1924] (2024). p.80)[4]
Referencias
[1] https://dbe.rah.es/biografias/6560/muhammad-xii
[2] Kant, I (1784). Respuesta a la pregunta, ¿Qué es la Ilustración?, disponible en: https://educacion.uncuyo.edu.ar/upload/kant-que-es-la-ilustracion.pdf
[3] Sabina, “Contigo”, en: https://www.youtube.com/watch?v=GXAkzb4XT14
[4] Rivera, José Eustacio [1924] (2024). La Vorágine. Bogotá: Universidad Nacional.
