
Tengo la sensación de que a nuestro idioma le están faltando palabras para referirnos a las personas que queremos. Considero que los tipos de afecto que podemos sentir por la gente son muy muy variados, y sin embargo, las palabras disponibles para describirlos son pocas y no dan cuenta de esta gran diversidad.
En mi caso, por ejemplo: tengo unos amigos tan del alma, que la palabra amigo, se queda corta, no se siente suficiente. Cuando me refiero a alguno de ellos como: “mi amigo” siento la incomodidad de estar faltando a la verdad. Entonces uso con frecuencia la expresión: “mejor amigo” pero como son varios, decir mejor no es lo mejor. ¿Y decir hermano? Cuando uno dice: “es mi hermano”, se siente más ajustado desde el cariño, pero no es preciso. Lo que estamos haciendo en estos casos es estirar la definición de hermano hasta romper la relación de consanguinidad y volverlo un término mucho más general.
En el pasado era frecuente el uso del “compadre” entre los amigos cercanos. La palabra compadre tiene un lado muy bonito. Un compadre era alguien a quién le confiarías tus hijos si llegases a faltar o alguien a quién estimas tanto que estarías dispuesto a encargarte de sus hijos en caso de fallecer. Era algo importante en aquellos tiempos en que la gente tenía muchos hijos y además la esperanza de vida era mucho menor que ahora. No me gusta, sin embargo, que este nivel de cercanía implica la mediación institucional de la iglesia y súmele que además precisa de la existencia de hijos, que en estos tiempos son cada vez más escasos. Entonces cuando le decimos a alguien: “compadre” o “compa” estamos usando el mismo recurso de estirar el concepto más allá de su alcance original que usamos cuando le decimos: “hermano”
En el habla popular hay palabras relacionadas. Pana, supongo que debe venir de partner (compañero) es ahí apenas, que alguien sea tu compañero es generalmente un asunto del azar. Cuando era niño en los años 80`s oía en Cali las expresiones: “Mi llave” o “Mi llavería” que infiero debe hacer referencia a que en un llavero las llaves están siempre juntas, pero a ciencia cierta no sé de dónde sale, o de donde saldría. He oído también la palabra: “mompa”, que se me ocurre pudiere venir del francés, pero es solo una conjetura. También ahora es muy común acá en el Valle del Cauca el uso de: “papi” que me parece espantosa y que es como no, una ampliación de otro término de uso familiar.
En Colombia se ha popularizado el término: “parcero”. A mi parcero me sabe muy mal, me suena a maleante de Medellín. Oigo decir “parcero” y me siento en una cantina del barrio Guayaquil o en una película de Carlos Gaviria, siento que pronto vuelan los tiros y las puñaladas entre gonorreas ome gonorreas. De otro lado, parcero puede tener el sentido de ser-par, y por ahí puede que algún día deje de sentir el término parcero como una apología a Pablo Escobar, Popeye y don Berna.
Busco, busco y no encuentro. Ninguna de las palabras afines de otros lugares del continente me suena apropiada, ni el mexicano wey, ni el peruano pata, ni el asere cubano y mucho menos el weon chileno. Hablando de este último, entre algunos grupos de amigos es frecuente tratarse con insultos, infiero que en el fondo dicen algo como: «somos tan amigos que podemos putearnos a placer sin que resulte en enojo» pero este recurso no me encanta, así que concluyo que la palabra que busco no existe.
Pero faltan más palabras. Cuando uno tiene hijos siente que esos amigos del alma son algo de sus hijos. Como me faltan las palabras le digo a mi niño que ellos son sus tíos, usando el recurso de la ampliación y me pasa también con esas amigas de siempre de mi mamá con quienes tengo una familiaridad que no encuentro cómo llamarla. Ampliar las palabras que originalmente denotan consanguinidad funciona hasta cierto punto, pero entonces las palabras se desdibujan, pierden exactitud.

Por eso quiero proponer alternativas. Entendiendo que el fracaso está asegurado. Para ello podemos recurrir al viejo y confiable griego. Propongo componer las palabras usando dos palabras griegas καρδιας (cardias, corazón) y φιλος (filos, amigo) No propongo usar ψιχη (psichi, alma) porque ya la relacionamos psicología y sus derivados.
Esos amigos y amigas del alma serían entonces los cardiófilos y las cardiófilas, sus hijos serían nuestros cardianipsos; y además los cardiófilos de nuestros padres serían los cardiátios. Si usamos estas palabras, que obvio no va a ocurrir, podríamos expresar el afecto y la cercanía sin la necesidad de desnaturalizar las palabras que tenemos para las relaciones de consanguinidad.
Los conceptos y por lo tanto las palabras y sus combinaciones son vórtices de sentido que procuran atrapar una realidad que siempre los supera. Sin embargo, es precisamente su capacidad de simplificación lo que los hace herramientas indispensables del pensamiento, pues de lo contrario, nos veríamos obligados a considerar las incontables particularidades de cada ser, de cada objeto, de cada relación. Esta capacidad de síntesis, que como dice Borges en El Golem, nos permite meter a todo el Nilo en la palabra Nilo, tiene una consecuencia inevitable, y es que siempre hay aspectos que quedan a la sombra. En ocasiones algunos de esos aspectos cobran una relevancia que hace necesario nombrarlos, y debemos ampliar entonces el repertorio, incrementar el número de conceptos para pensar con más detalle algún aspecto de la realidad o del pensamiento.
En la actualidad, por ejemplo, aspectos identitarios de los individuos relacionados con su autopercepción y su sexualidad están siendo conceptualizados y categorizados buscando su visibilidad y su comprensión. Se proponen nuevas categorías, nuevos pronombres y nuevas combinaciones, inclusive se busca transformar aspectos gramáticos de nuestra lengua que den cabida a las nuevas realidades vitales de las personas.
También sucede el caso opuesto, aspectos de la vida que pierden paulatinamente su relevancia. Otro aspecto identitario de los individuos relacionado con su carga genética que fue categorizado como “raza” y que relacionado con su posición social constituía el término “casta” pierde fuerza. En tiempos del virreinato del Perú, existían hasta 16 razas para clasificar a la población (Calpamulato, Cambujo, Zambaigo entre los más curiosos). En los padrones de la real audiencia de Popayán en el siglo XVIII aparecen las categorías: Blancos, Indios, Libres de todos los colores y Esclavos. Un vestigio de ello quedaba aún en las cédulas del siglo pasado que todavía ponían la categoría “color” categorías que ahora, por lo menos en la documentación oficial, han desaparecido.
Entendemos la realidad a partir de los conceptos y categorías de los que disponemos. Pero sucede que entre las grietas de las palabras se deslizan nuevos sentidos necesarios para dar cuenta de las nuevas realidades. Vamos entonces creando palabras y desechando las que no nos sirven, la lengua es un espacio dinámico común que nos permite el pensamiento y nos abre horizontes de lo pensable, pero que necesariamente deja aspectos innombrados, inefables, que se pierden en el océano de lo impensable. De allá de ese fondo, es que quiero rescatar una palabra para hablar con propiedad de mis adorados cardiófilos y mis adoradas cardiófilas.

