
Hace tres años fue elegido presidente Gustavo Petro, el primer presidente que yo sepa, que no salió de las tradicionales redes del clientelismo. Esta noticia en principio fue saludada con alegría y esperanza por amplios sectores de la opinión y, sin embargo, el posterior desencanto era inevitable.
El primer presagio adverso fueron las elecciones legislativas, en las que, como era de esperarse, triunfaron las redes clientelistas. El progresismo logró un avance significativo y además logró recuperar ochocientos mil votos del fraude del establecimiento. Pero no fue suficiente. Se hacía obligatorio entonces entrar en una negociación con algunos sectores cercanos a las redes clientelistas (Se llaman partidos políticos tradicionales pero partidos políticos no son), grave encrucijada, porque con esa gente la persuasión solo es posible si hay puestos y contratos. Lo complicado del asunto era que parte de la narrativa que permitió la victoria en las elecciones estaba fundamentada en una pretendida superioridad moral del Pacto Histórico. Negociar con los bandidos decimonónicos era una clara traición a los principios que les habían dado la victoria, pero parecía ser la única opción de obtener gobernabilidad.
Petro logró la victoria, en parte, porque en un acto de pragmatismo hizo alianzas con dos reconocidos políticos clientelistas, Roy Barreras y Armando Benedetti. Tal vez era un mal necesario, pero sin duda es una abdicación temprana a los principios. Ganar unas elecciones presidenciales únicamente desde la opinión no es descabellado, pero cuando tienes los medios de comunicación y a la registraduría en contra ya es otro cantar. Petro logró ser presidente, pero me sospecho que no logró ser el presidente que hubiera querido ser.
Gobernar es una actividad muy diferente de opinar sobre el gobierno. Uno puede tener clarísimo desde afuera lo que debe hacerse, pero hacer que un estado haga es complicadísimo. Hay una enorme distancia entre trazar los lineamientos de una política pública y lo que finalmente se consigue. El estado colombiano, y me imagino que muchos otros también, ha evolucionado a la medida del clientelismo y la corrupción, tratando de mantener en el papel y las formas, una apariencia de transparencia. Esta doble naturaleza hace que la carga transaccional de la gestión pública sea muy alta. La cantidad de formatos y autorizaciones y trámites que se deben surtir para que el Estado compre algo, por ejemplo, lo convierten en una pesadilla para alguien que quiera eficiencia y celeridad. En ese maremágnum de trámites los bandidos, que conocen el mecanismo, aprovechan para robar; los honestos que no lo conocen, pueden quedar atrapados y si son imprudentes, hasta presos.
Además de las dificultades que le representaba la estructura misma del estado al nuevo presidente, había otras que iban necesariamente a surgir de sus filas. Pensar que los funcionarios de Petro son todos honestos e incorruptibles es una ingenuidad. Las redes de la corrupción son potentes, el dinero es muy persuasivo y la fragilidad moral de las personas no tiene nada que ver con sus convicciones políticas.
Con tropiezos y todo, por primera vez una fuerza mayoritariamente alternativa alcanzó la presidencia de la república, pero ser presidente es una cosa y tener “el poder” es otra. Este presidente al ser hasta cierto punto un outsider, al tener unas convicciones divergentes de aquellas que han predominado en los gobiernos predecesores, tarde o temprano habría de entrar en contradicción con los otros poderes del país. El legislativo, el judicial y el más importante, el poder económico-mediático. Obviamente dichos poderes habrían de sentirse amenazados e intentarían por todos los medios menoscabar rabiosamente la imagen del gobierno y del presidente. Habrían de emplear la verdad siempre que fuera posible y el sesgo, la desinformación y la mentira siempre que fuera necesario.

Que la oposición ha sido deshonesta, es obvio, pero el gobierno tampoco ha sido un dechado de virtudes. Al conquistar la presidencia se han hecho mucho más visibles las debilidades estructurales de la Colombia Humana y del Pacto Histórico. Probablemente me equivoco, pero uno desde afuera puede percibir un movimiento muy petrocéntrico y con muy pocos cuadros dirigenciales alternativos de peso. Y aunque es importante que hayan logrado articular bajo un mismo manto político diferentes corrientes y movimientos sociales, no parece algo muy sólido todavía.
En un principio el presidente intentó crear un gobierno en el que tuviesen participación diferentes sectores políticos, a lo mejor consciente también de la falta de personas con perfiles de alta gerencia al interior de sus propias filas. Pero ha ido cambiando y nombrando en puestos claves a gente de su entera confianza, es entendible, pero en muchos casos pareciera que la idoneidad de las hojas de vida no es ahora lo prioritario.
El ministerio de Educación, por ejemplo: nombró a Alejandro Gaviria, un ingeniero civil con un doctorado economía y con una amplia experiencia en lo público. Luego, tal vez molesto por las críticas públicas que hiciera el ministro al proyecto de reforma a la salud, nombró a la doctora Aurora Vergara una destacadísima académica que goza de toda mi admiración, pero que por ahí carecía de la experiencia política necesaria para hacer que el estado haga y que fracasó en el intento de impulsar en el congreso una por demás raquítica reforma a la educación. Finalmente, se decantó entonces por un muchacho que tiene un pregrado en Economía, como tantos. En estos tres años el avance en materia educativa ha sido bastante imperceptible, no se han atrevido a intentar modificar el modelo de financiación de la educación que en mi criterio es el gran punto de discusión, pero eso sería tema de otra entrada. El caso es que los logros del gobierno en este ministerio son, y siendo generosos, bastante modestos.
¿Cómo no íbamos a estar decepcionados si anhelábamos un gobierno casi perfecto?; ¿cómo no íbamos a estar desencantados si sentíamos que un presidente que no tuviese el criterio secuestrado por las redes del clientelismo era una oportunidad de oro para que el país diera el salto de calidad que tanto necesita? Obvio, las expectativas y los sueños acumulados durante tantísimos años iban a sobrepasar, y por mucho, a las posibilidades reales de transformación, llevamos muchos años esperando las buenas noticias, como el coronel.
El gobierno de Gustavo Petro no es tan bueno como afirman sus seguidores, ni tan horrible como vociflama la burricie nacional, ha llegado hasta donde las limitaciones internas y externas lo han dejado; se tomaron unas decisiones en busca de la presidencia, deben asumirlas, para bien y para mal. El gobierno ha tenido aciertos también, en materia macroeconómica, por ejemplo, a pesar de las acusaciones que se le han hecho tachándolo de populista, le ha dado un manejo a las finanzas públicas bastante serio. Calculo que muchos recortes a planes sociales no son de su gusto, pero es lo que obliga el momento y eso está bien.
El presidente ha cometido errores, sí, hace mucho menos de lo que dice, también, pero no podemos caer en el desaliento. Que alguien le haya sacado la presidencia al bandidaje de siempre es una luz de esperanza. Hay que agradecerle a Gustavo Petro haber logrado abrir una brecha en la muralla del régimen. Las fuerzas políticas alternativas deben asumir que esto no se trata de Gustavo Petro, ese Aureliano Buendía que, así como hace pescaditos de oro, los desbarata. Esto no se trata de nadie en particular, la energía para la acción debe salir de la fuerza de lo colectivo. Hay que organizarse alrededor de las ideas que alimentan los sueños compartidos. La prioridad debe ser conseguir las mayorías en el Congreso. Solo cuando logremos las mayorías absolutas en el Congreso lograremos que este país se mueva de donde les sirve a pocos mucho, a algunos algo y a muchos nada; hacia donde le sirve a todos lo suficiente.
La gente que realmente quiere cambiar este país como un acto de amor genuino y no como un ejercicio de refinado narcisismo debe formarse, debe ponerse a estudiar y tiene también que intentar llegar a las posiciones de poder. Como sabiamente me dijo un día ese gran liberal que es don Edgar Materón Salcedo: “Los ausentes nunca tienen la razón” Las fuerzas alternativas ajenas al clientelismo tienen que ganar más protagonismo en el congreso, necesitamos más curules, pero necesitamos también mejores senadores, hay que elevar el nivel del debate.
El adversario es formidable, es el régimen. Hay que deponer el régimen de la élite, pero primero hay que deponer su primera línea, las redes clientelistas: Las redes clientelistas son un poder electoral portentoso porque su orientación es absolutamente pragmática. La mayoría de las personas vota por emoción o por necesidad, por eso a las redes clientelistas no les interesa tener la razón, les interesa conseguir los votos y para ello si pueden manipular la emoción la manipulan y si pueden suplir una necesidad, la suplen. Un día conversando con una señora en Sahagún, a propósito de la cariñosa bienvenida que le habían dado a un político recién salido de la cárcel, me contaba que a ella eso no le importaba, que ella se había ganado una lavadora gracias a ese señor y que esa lavadora le había cambiado la vida a ella y a sus vecinas. ¿De qué calidad tiene que ser un discurso para lograr vencer con palabras una mejora tan concreta en la vida de las personas? Siempre podemos denostar a la gente por venderse, y así se salva la conciencia, pero se pierden las elecciones.
Para competir con las redes clientelistas la estrategia no puede ser disputarles el mercado, la estrategia es ganarse el favor de los que siendo simpatizantes de la política no tradicional, votan en las presidenciales pero no votan en las legislativas y también, de ser posible, de los que no votan nunca. El pacto histórico sacó casi tres millones de votos en las legislativas y más de once millones en las presidenciales. La oportunidad del cambio sigue latente. Los desencantos que nos ha producido el gobierno son normales, gobernar es muy complicado. La tarea de hacer de Colombia un país que sea una buena noticia es titánica, pero es tal vez la única que vale la pena.

Adenda: La idea de un partido único que aglutine todas las fuerzas progresistas parece ser buena pero es pésima. Las curules en Colombia se deciden mediante un método llamado cifra repartidora. En ese escenario siempre será mejor tener 8 listas con un millón de votos cada una que una sola lista con ocho millones de votos.

Federico, buena noche.
Deso todo vaya bien para ti.
Gracias por volver a compartir tu escritura, hace rato no te he leía.
Aquí en nuestro pais, es bastante dificil hacer un buen gobierno, con toda esa partida de cérnicalos viviendo de nuestros impuestos y, para completar, un pueblo que no estudia y no reflexiona la historia criticamente, y que se acostumbró a la mendicidad, es dura la situación.
Al presidente se le olvidó que el senado está podrido. Antes medio ha logrado hacer algo. Federico, perdón si lo siguiente es fuerte, mas creo que, mientras no haya un sistema judicial que condene a cadena perpetua o mejor a silla electrica a los politiqueros -desde el senado hasta los militares- deshonestos, esto no cambia. Y digo silla electrica porque desde la carcel delinquen.
Un abrazo atemporal.
Amparo,
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