
En la antigua Roma, gravitas era una palabra que expresaba el nivel de influencia de una persona pública. Era una mezcla de poder político, capacidad económica y prestigio social. Acumular gravitas era necesario para optar a los cargos más altos del Estado. En Roma la vida política y la vida militar eran una sola cosa y por eso acumular gravitas casi siempre pasaba por tener éxito en la guerra. Durante la república romana, los romanos pasaron de ser una ciudad a ser un imperio, en parte, gracias a la centralidad de la vida militar que estimulaba los desarrollos técnicos y tácticos. Si bien lo militar era fundamental para ser elegido a los altos cargos de elección popular, no siempre era suficiente, también había que destacarse hablando en público. Un caso especial fue el de Cicerón, que, sin haber hecho mayor cosa en la milicia, ni ser heredero de una gran fortuna, llegó a ostentar el cargo de Cónsul gracias a su poderosa oratoria.

El gravitas se hereda, se gana y se pierde. El gravitas puede erosionarse con el tiempo, o perderse de manera abrupta. Tanto en la antigüedad como en la actualidad, un escándalo, una derrota militar o un fuerte revés económico pueden menoscabar el gravitas de una figura pública. Publio Cornelio Escipión (siglo II a.C.) después de derrotar a Anibal y aumentar fuertemente su gravitas, fue acusado de corrupción y el escándalo fue de tal magnitud que perdió todo su gravitas y se vio forzado al exilio.
En una república no es conveniente que una sola figura pública acumule una gran cantidad de gravitas. Esto fue lo que ocurrió en Roma en el (siglo I a.C.) en el que Julio Cesar acumuló tantísimo gravitas que acabó con la república y dio paso al imperio. Ocurrió con Napoleón en Francia, ocurrió con Chávez en Venezuela y casi ocurre con Uribe en Colombia.
Recordemos que el gravitas es heredable, por eso, aunque César fue asesinado por los partidarios de la república, su heredero Augusto logró consolidar el imperio. En Francia tuvimos a Napoleón III, en Venezuela a Maduro y acá todavía Uribe busca poner presidente en cada elección. La heredabilidad del gravitas explica la existencia de las monarquías y de los parientes presidentes en las democracias liberales. Tenemos los casos de los Bush y los Adams en EEUU, de los López y los Pastrana en Colombia, presidentes hijos de presidentes. También existen casos de presidentes nietos de presidentes como los Ospina, primos como los Lleras, o sobrinos nietos como los Santos.
En la actualidad también se puede acumular gravitas por la vía de la retórica. El actual presidente Gustavo Petro sin ir más lejos. Petro no es hijo de alguien destacado en la vida nacional, Petro no es un millonario y en su juventud cuando perteneció a un movimiento armado, fue un agente político y no combatiente, es decir, su gravitas no procede del dinero, ni de su éxito con las armas, ni de la herencia. Podemos afirmar entonces que el gravitas acumulado por Gustavo Petro, como el de Cicerón, es fruto de su oratoria persuasiva y contundente.

Las maneras de acumular gravitas han cambiado. Antes el éxito militar, la herencia, el poder económico y la oratoria eran los principales caminos para obtener gravitas en la sociedad. Ahora, la visibilidad en redes sociales se hace hegemónica y las otras maneras de acumular gravitas son subsidiarias. A las personas que ganan alta visibilidad en las redes se las llama influencers y los influencers con frecuencia logran convertir esa visibilidad en poder económico, político y social, es decir, en gravitas.
A estas alturas debe ser posible hacer todo un tratado de taxonomía de influencers. Hay algunos que son estupendos y usan la atención que reciben para hacer divulgación científica, para enseñar sobre el arte, la filosofía, la historia, gente que realmente hace de este planeta un lugar mejor. Pienso en personajes como Eva Tobalina, Darío Sztajnszrajber, Derek Muller (Veritasium) que derivan su influencia de su gran habilidad comunicativa y la ponen al servicio de la sociedad. Pero hay otros mequetrefes, chisgaravís y chiflanautas que se hacen conocidos gracias a que hacen toda clase de burricies y tonterías, son poco menos que fuentes de ruido blanco y, sin embargo, capturan la atención a muchas personas. Pienso en La liendra, en Epa Colombia y un iraní que se pegaba corrientazos. Veo que hacer el ridículo se está convirtiendo en una nueva manera de obtener gravitas y lo inquietante es cuando además de perseguir objetivos económicos buscan capitalizar políticamente esa gran visibilidad.
Hay otro tipo de influencers que ganan visibilidad a partir de exhibir en redes su capital erótico. Son influencers que producen fotos y videos donde la cara bella, el músculo, la teta y la nalga son protagonistas. No es algo nuevo. En Roma ser bello también era una virtud apreciada pues el bello era visto como un ser querido y favorecido por los dioses. Cuentan que el general Germánico era muy bello y por eso la gente lo prefería entre los generales. Las malas lenguas decían que su tío el emperador Tiberio, celoso de sus triunfos, lo mandó a asesinar y que la presión social fue tan fuerte que se vio obligado a elegir al hijo de Germánico, Calígula, como su sucesor. Es decir, bajo ciertas circunstancias, la belleza física también se puede transformar en gravitas.
Prestar atención a la manera en que las personas acumulan gravitas es un buen indicador de la salud mental de una sociedad. La transformación que han generado las redes sociales ha llegado al congreso, tímidamente quizás, pero en cada elección aumenta el número de congresistas influencers: Lalis o Wally, JotaP y hasta una actriz pornográfica han logrado convertir en votos su presencia en redes. Acá el problema no es que sean influencers, es qué tipo de influencers son. Porque los algoritmos de las redes privilegian los contenidos que generan más tráfico y lamentablemente los contenidos que más tráfico genera son lo erótico, lo truculento, lo escandaloso y lo ridículo. Estamos pues cambiando senadores bandidos y politiqueros por influencers banales y no sé si sea una mejoría.
En la carrera presidencial vemos tres candidaturas viables, Paloma, cuyo gravitas es una mezcla de abolengo (gravitas heredado, es nieta de un presidente e hija simbólica de otro), poder económico y retórica conservadora. Está también Abelardo, que obtiene su gravitas de la misma retórica conservadora, de un poder económico alcanzado usando talentos abogangsteriles y de una muy pensada dramaturgia patética y militar, mezcla de lo ridículo y lo escandaloso, dirigida a un amplio sector de la población. También está en carrera Iván Cepeda, el favorito en las encuestas, que tiene un gravitas heredado de su padre, senador víctima de la violencia política, pero también un gravitas de naturaleza retórica fruto de su propio trabajo en la defensa de los derechos humanos y otro tanto de gravitas heredado de su afinidad ideológica con al actual gobierno liberal progresista.
Resulta esperanzador que un señor como Iván Cepeda goce de tanta popularidad por dos razones. La razón evidente es que a una sociedad tan desigual como la nuestra le vendría muy bien una redistribución del ingreso. En una sociedad estadísticamente normal, la mitad de la población debería tener un ingreso superior al promedio y no es nuestro caso: grandes masas con un ingreso misérrimo y un grupo diminuto con un ingreso descomunal hacen que la gran mayoría de las personas ganen menos del promedio. Necesitamos ir corrigiendo esto. Ojalá.
Lo que más me complace de la alta popularidad de Cepeda es el hecho de que a priori no parece un buen candidato. Cepeda tiene el sex-appeal de una licuadora, la gracia de una volqueta y el carisma de un funcionario que vende estampillas de la gobernación. Que una persona así tenga alta favorabilidad es un signo alentador, porque las cualidades de un buen candidato y las de un buen mandatario son bien diferentes. El hecho de que Cepeda tenga el apoyo popular es, en mi criterio, un signo de madurez política de un sector de la población que ve la relevancia del proyecto más allá de los errores y las personas.
La manera como las personas acumulan gravitas está experimentando el cambio más brusco que pueda recordar. De esa transformación del campo de fuerzas depende el devenir a largo plazo de la sociedad, no de los sujetos particulares que son circunstanciales. Si el gravitas se gana en la guerra seremos una sociedad guerrera, si se gana con dinero, perseguiremos el dinero, si se gana con el ridículo seremos ridículos y si se gana con la sensatez, seremos sensatos. En nuestra actual coyuntura espero terminen siendo minoría aquellos que se dejan descrestar por los histriones bufonescos e ignorantes y por los millonarios hereditarios y que al final imperen la sensatez y la cordura de entender que necesitamos una sociedad más educada, más culta e igualitaria para poder enfrentar los enormes desafíos que se avizoran en el futuro.

