Desde la última vez que viajamos supe que ya no sería igual, que cada hora que pasara era un respiro que nos ganaríamos y un paso menos para caminar; por eso, abrazándola fuerte le dije que yo estaría siempre y que sin importar lo que viniera, la cuidaría como ella cuidó mi fragilidad. Qué más podría decirle a mi madre si, a final de cuentas, como me lo dijo antes de morir, ella sentía que estaba en mí y que yo era parte de ella. Porque sí, nos llevamos una parte de ellas y siempre que nos asomemos al espejo la veremos reflejada en algo nuestro.
Ese día, justamente el día de mi cumpleaños, recordamos cuando nací y cómo me convertí en su principal propósito. Ella quiso tener un hijo y había nacido para satisfacer ese deseo, porque en aquellos años, no sé si porque éramos pobres o porque la modernidad no había llegado a mi ciudad, solo hasta que nací supieron mi sexo. Entonces, con un vaso de avena y un pandebono en la mano me dijo, “hijo, yo soñé con este día”.
Me contó que solía tener una extraña capacidad para ver la muerte y que ya había predicho situaciones similares, pero en este caso, era ella la que se iría y todo porque se había visto cruzar un pantano, y a medida que caminaba, el barro iba subiendo hasta su estómago. Solo después de cruzarlo era libre.
Y así fue, un pantano espantoso que, para nuestra fortuna, se cruzó rápido.
El dictamen era simple y escabroso: cáncer de vías biliares en estado de avance nivel III y con compromiso en vértebras, lo que nos quedaba de hígado y para completar, se había expandido de manera acelerada con múltiples tumores que, además, se aferraban a una arteria imposible de tocar. Mi madre no tenía salvación, la parca ya estaba rodeando nuestras vidas y, aunque el año anterior a esto yo le había pedido que no se la llevara aún y le ofrecí parte de mi tiempo en este mundo, ya era momento de irse.
Durante los dos meses restantes, porque mi mamá murió un 8 de enero, la vida me cambió. La distancia entre ella y yo, las insoportables discusiones sobre el cuidado, la fractura de una familia rota por las condiciones materiales, estructurales y las voluntades no asertivas, nos llevaron a vivir entre la clínica y unos cuantos días en la casa de una de sus hermanas. Pero mi mamá, contrario a lo que mucha gente pensaba o deseaba, era cada vez más un cuerpo que respiraba, pero sin el alma que la había habitado y que yo conocí.
Ella, desdibujada en mente y cuerpo, caminaba entre pasillos como si fuera una niña, porque la hinchazón, la debilidad y el avance del cáncer que teníamos que controlar con opioides, se la fueron llevando y de cuando en vez podía encontrar una ventanita de coherencia. Para mi fortuna o infortunio, esas pocas charlas se daban en la madrugada mientras cuidaba de su desgastado y cansado cuerpo. Entre tantas cosas, solía preguntarme de la manera más profunda y angustiante: “¿Por qué a mí? Y yo, que solo podía acudir a Job o a uno que otro libro bíblico, le explicaba que esto era algo natural, no pedido, pero que finalmente tendría que acabar. “Hijo, ¿Qué me está pasando?, ¿Qué ocurre en mi cuerpo?, ¿Hasta cuándo estará este dolor?”
Es horrible, realmente es horrible. El cuidado de un ser amado sin tener los conocimientos y la experticia, se hace una experiencia desgarradora. Es tener que vérselas con el deseo de libertad que no llega, al tiempo que vemos cómo esa persona que tanto amamos, se va deteriorando y no sabes qué hacer. El baño, las secreciones corporales, la desnudez, la vulnerabilidad, todo junto para decirte que no eres más que una ficción encarnada, que la única realidad es que vamos a morir, que todo es pasajero, que realmente solo están quienes renuncian a sí mismos, porque tuve que renunciar a mí para cuidar de ella.
Y nuevamente estuve al frente del cadalso, nuevamente tenía que ver irse un gran amor, nuevamente tenía que aceptar que estábamos solos. No habría más conversaciones, nunca más volvería a escuchar su voz, no volveríamos a desayunar, no volveríamos a contarnos las historias estúpidas que creábamos alrededor de las gatas compartidas, no volvería a verla y eso sí que me dolía.
“Oh, thinkin’ about all our younger years, there is only you and me, we were young and wild and free”… suena la canción de Bryan Adams; levanto mi mirada y ya solo queda el rostro desencajado de una mujer que ha dejado de respirar. Sus ojos ya no me miran, solo unas pupilas abiertas, sin vida, sin mayor brillo. Sus labios secos y deshidratados, la piel amarilla por los líquidos biliares, sus brazos maltratados por el miedo a ser juzgada por sus hermanos de sangre y de fe, porque en medio de la estupidez humana podemos dejar de ser libres y auténticos solo por vivir en la cárcel de las pasiones y creencias. Sí, mi madre no pidió la eutanasia cuando pudo porque, como decían en su religión, “solo Dios da y quita la vida”, aunque paradójicamente, ninguno de ellos padecía su dolor.
Fría, rígida. El olor de la muerte dolorosa, la textura del padecimiento de un cáncer, la sensación de que se hizo lo que más se pudo, el amor inmenso que sonríe porque ya no habrá más penas, el frío de la parca contaminado con el del hospital, y yo que solo puedo verla y verla y verla, no puedo más que verla y coger su mano porque hasta los muertos sienten en sus últimos minutos.
Madre, en donde estés, te agradezco por haberme parido, por enseñarme tantas cosas, por dejarme escucharte y cuidarte en tus últimos días, por dejarme ser el que decidió que no ibas a sufrir más, por enseñarme a ser valiente y controlar el egoísmo, por ser quien cerró el ciclo, por dejarme ser la voluntad de tu Dios. Siempre te recordaré y te amaré.
