Dentro del amplio espectro de estudios lingüísticos hay una disciplina que estudia los nombres propios: la onomástica. La elección de un nombre propio implica muchísimas cosas a nivel social, cultural y personal. Dentro de la onomástica se estudian los nombres de personas (antroponimia), los lugares (toponimia), los seres vivos (bionimia), incluso hay una rama curiosa que estudia los nombres de los comercios (apoteconimia). Las categorías con el sufijo “nimia” resultan en un largo y curioso etcétera.

Me parece que los estudios sobre la antroponimia nos indican resultados muy interesantes y que nos ayudan a entender fuertes ideas comunes sobre la elección del nombre propio de una persona, en particular sobre el nombre de pila. Entre estas ideas las que más suelen aparecer son las clasistas: la correlación entre el nombre propio y el lugar social al que pertenece la persona; las psicologicistas: la correlación entre el nombre y los rasgos de personalidad o carácter; las nacionalistas: la asociación entre un nombre y su “debida” correspondencia nacional (aplica también para lo regional, local y global). Pero están también las que sólo dependen de la experiencia personal (un nombre que recuerda positiva o negativamente algún acontecimiento particular); las que están ligadas a un sistema de creencias ya sean religiosas, esotéricas, ideológicas, etc. La lista también es larga.

En nuestra región americana, el sistema onomástico español prácticamente reemplazó el de las lenguas nativas. Por un largo periodo y un ya sabido sistema de fuerza, se impuso un modelo (ahora nombrado como tradicional) para la elección de nombres. Tal es así que los nombres castizos son, al día de hoy, el formato más valorado por las élites conservadores y las alas fieles al casticismo y al catolicismo. De ahí, que el sistema de nombres percibido como europeo (aunque tal imaginario homogenizador es ilusorio, al menos desde la onomástica) resulta altamente valorado: los nombres de la Europa católica.

Me resultó muy curioso aquel tiempo en el que se estereotipó el nombre de Brayan como el personaje de clase social baja, con educación formal precaria y aprendizaje delicuencial alto. Al nombre se le sumó la forma de referenciarlo: el Brayan, con el artículo manifiesto, y una estética particular. Esta idea estereotipada, absurda desde mi punto de vista, me parece tuvo mucha acogida y, también hay que decirlo, la euforia propia de las redes sociales le dio mucha difusión. Si bien puede tomarse solamente desde la ironía, la burla o la frivolidad de la era de las redes sociales, me parece que pensar estos fenómenos nos indican un poco de quiénes somos, cómo juzgamos y qué ideal de sociedad esperamos.

También hace unas semanas estuvo rondando una noticia sobre una pareja en el Reino Unido que le habían puesto a su hijo Lucifer. Al parecer, los funcionarios consultaron las posibilidades legales de poner aquel nombre ya que para los registradores parecía una locura. Más allá de las percepciones y argumentos sobre el nombre es interesante ver el comportamiento de los funcionarios públicos e interesante indagar en las directrices legales.

En Argentina, por ejemplo, el Ministerio de Justicia establece que “no están permitidos los nombres extravagantes”, peco de extranjero pero ¿cómo identificar un nombre extravagante? Además de la directriz nacional hay indicaciones sobre la capital, debido a la calidad de federal del país austral. Así, hay un procedimiento: primero se debe elegir un nombre de persona, no de una cosa (argumento que se repite entre los funcionarios, acompañado de la ejemplificación de “calefón” o “pileta”; que además son nombres de la cotidianidad argentina); segundo, elegir un nombre que se corresponda con el género (ni hablar de la idea tan fuerte y anclada sobre los nombres diferenciales según el género); tercero: si el nombre elegido es un nombre mixto se debe elegir un segundo nombre que sí se corresponda con el género. El ejemplo aquí de nombre mixto es Ariel. Un profesor mexicano que estudia estos temas señalaba que le parecía curioso que en Argentina Ariel fuese mixto, ya que era uno de los nombres de Jerusalén, que además estaba asociado a la divinidad, a su vez masculina, por lo que, según su punto de vista, Ariel no podría ser feminizado.

El nombre propio también está catalogado como derecho humano. De esta manera se ha puesto en jaque muchos modelos y percepciones sobre esto: ridiculizar a las poblaciones indígenas, afrodescendientes, analfabetas, discapacitados y migrantes. Quizás por la era del refugiado, por la globalización digital que homogeniza sistemas de valores es que vemos que los estereotipos onomásticos aparecen con mayor fuerza. Combatirlos es una tarea que nos hace mirar al espejo.