Hay una interpretación que dice que hay religiones “de superioridad moral” y religiones “trágicas”. En las primeras se ubican las grandes monoteístas. El judaísmo, cristianismo e islamismo son utópicas en el sentido de que señalan un camino casi inalcanzable. Por ello en sus fieles siempre hay falta y pecado. Las segundas, religiones trágicas o agónicas, son las que, por medio del exemplum, nos ayudan a aprender de la experiencia, del pasado, a saber qué hacer, cómo actuar. Las religiones grecolatinas serían de este tipo.

Como religión trágica también se puede entender a la religión Yoruba. Los Orishas nos enseñan qué debemos hacer en determinadas situaciones, aprendemos de las biografías de sus vidas. De ahí, que en la religión Yoruba se asocie a una persona con una divinidad del panteón pues de ella deriva su forma de actuar. Referiré, cayendo en errores, sobre algunos aspectos que ayudan, creo, a entender dos distintos modos de maternidad.

En el panteón Yoruba están, entre varias divinidades femeninas, Yemayá y Oshun. La primera es una personalidad fuerte, impulsiva, pero también dadora, gigante y bondadosa. Es la deidad del mar. Es misteriosa, incalculable, impredecible. La segunda es una personalidad suave, protectora, acogedora. Es la deidad de los ríos, arroyos y manantiales.

Yemayá y Oshun, en sus figuras de madres, son distintas pero complementarias. Necesarias ambas para la vida. Yemayá nos lleva a nuestro lugar ancestral, nos lleva a otras realidades, es la que cubre nuestro mundo. Oshun es la voz suave que nos consuela, que nos calma. Las dos madres son ejemplo. La una nos ayuda a buscar nuestras raíces, a ser bravos, valientes y aventureros. La otra nos acoge y protege ya que que es en máxime caritativa. La una nos seduce con su astucia y su encanto. La otra nos arrulla y cobija.

La discusión, a veces acalorada, sobre la mayor relevancia de las aguas dulces con relación al agua salada es fútil y desvirtuada. Ambas son imprescindibles, la una y la otra son el par del equilibrio. La una sin la otra no tiene sentido. El ciclo de la vida necesita de ambas.

En esta interpretación de dos formas de maternidad no hay blanco y negro, no hay bien y mal. No es utópica. La religión Yoruba exhibe y permite comentar las características trágicas e indecibles del destino humano sin aspirar a su rectificación. No se pretende erigir un monopolio de las vías de acceso al bien. Las divinidades son una metáfora de la realidad, la tensión entre lo humano y lo divino no es tan radical como en las religiones utópicas.

A Yemayá y a Oshun, tan humanas como divinas, las amo. Ríos, manantiales y mares, océanos son a veces muy distintos y a veces muy similares. Así como hay ríos correntosos hay mares apacibles. El mundo, mi mundo, sin estas dos aguas simplemente no existiría.